Entramos en conflicto cuando nuestro corazón quiere una cosa, pero nuestro cerebro nos dice otra. También cuando estamos en desacuerdo con otra persona. Hay intereses contrapuestos que nos pueden llevar a una confrontación, emocional, verbal o incluso física, aunque estoy segura de que la principal causa por la que surgen los conflictos es la mala comunicación o la falta de ella, que suele empeorar la situación.

Cuando tenemos un conflicto con una persona, normalmente es por algo sobre lo que tenemos opiniones encontradas, opuestas o antagónicas. Y entonces comenzamos a discutir, que no argumentar, llegando a pasar del hecho en sí y a centrarnos en lo que “tú me has dicho”, “lo que no me has dicho”, tratando de que entiendas que “yo tengo razón” o de que veas las cosas como las veo yo. Quiero que cambies tu postura y aceptes que la mía es la correcta.

El conflicto desde el "yo gano-tú pierdes"

Como mi visión es “la buena”, la mayor parte de las veces no entendemos que el otro pueda tener una versión diferente y mucho menos igual de válida sobre el asunto. Desde mi postura yo solo suelo tener una opinión, me posiciono en una idea concreta de la cuál es difícil sacarme. Si creo que mi opinión es la cierta, ¿por qué voy a querer siquiera plantearme otras opciones?, ¿por qué voy a escucharte si no tienes razón (porque la tengo yo)? Con esta disposición ante el conflicto, voy a afrontarlo desde el “yo gano, tú pierdes” porque solo puedo ganar yo que soy quien tiene la verdad que tú no ves o no entiendes. Si el otro acepta nuestra postura, ha cedido en la suya con lo que ha perdido la discusión. Nos quedamos tranquilos y nos sentimos triunfadores. A veces, hasta con recochineo: ¿ves? ¿ves cómo tenía yo razón? 

Aunque Arthur Schopenhauer nos enseñe en sus libros el arte de tener siempre la razón, cuando es el otro el que tiene siempre la razón, ¿cómo nos quedamos si estamos continuamente sintiendo que perdemos, si estamos cediendo siempre nosotros? Lo más probable es que dejemos de entrar en discusiones, evitemos el conflicto o nuestra autoestima se vea mermada porque no nos valoran o no tienen en cuenta nuestra opinión.

La resolución más eficiente de los conflictos pasa por encima de tener o no razón, porque no se trata de ti o de mí, sino de pasar de un conflicto a un problema objetivo que tiene solución y que juntos podemos encontrarla.

¿Qué se requiere para salir de un conflicto?

  • Querer solucionarlo. No se resuelve solo. Dejarlo pasar funciona en un porcentaje muy pequeño de casos, aunque con el tiempo puede que nos demos cuenta que, aquello a lo que yo di en su día tanta importancia, ahora me parezca una anécdota. Normalmente solemos querer que una situación cambie, que un comportamiento cambie o que se nos comprenda. Para ello, hemos de ponerlo sobre la mesa, hemos de expresarlo. Piensa en qué consecuencias negativas puede tener no afrontarlo.
  • Hay diferentes puntos de vista porque cada persona tiene su propia forma de pensar. Tomar consciencia de que desde mi posición solo veré mi versión del asunto e igual que yo veo solo mi opción, el otro solo verá la suya con la misma sensación de ser una verdad verdadera. 
  • Querer conocer la verdad del otro para comprenderla. Si quiero llegar a un entendimiento, al menos he de escuchar con apertura y flexibilidad mental que haya otras ideas o posiciones diferentes a la mía. Necesito disposición y curiosidad para salir de mi verdad y acercarme a la postura del otro. 
  • Centrarnos en los hechos. El conflicto es subjetivo, lleva una interpretación personal asociado, cargada de suposiciones (creo que el otro lo hace por…, creo que está pensando…, me has hablado mal…, siempre te comportas así…) Hay tantas generalizaciones, resentimientos que se han sumado a los desencuentros pasados que ya de paso ponemos sobre la mesa, expectativas incumplidas que nos frustran o decepcionan... Por lo tanto, hemos de bajar lo sucedido a la realidad lo más que podamos y para ello hemos de centrarnos en los hechos que son obvios para ambas partes, irrefutables por parte de los dos. Si habíamos dejado a un lado el problema de base para enredarnos en nuestra discusión, así podremos recuperar la esencia del conflicto para poder afrontarla. Sin juicios. Solo con hechos.  
  • Dejar de ir contra el otro para ir con el otro a solucionar el problema. Como es un enfrentamiento, solemos estar en frente del otro, lo que nos pone en una posición de boxeadores cada uno en su rincón del ring. Si queremos de verdad salir del conflicto, hemos de dejar de estar en frente y ponernos al lado del otro para así tener una visión conjunta del problema. Os invito a hacerlo también físicamente.
  • El conflicto no es la persona. Puede que lo que haya dicho, lo que haya hecho, lo que piense, sea diferente a lo que yo creo, pero son sus actos, no es la persona en sí el conflicto. Por eso, si queremos mantener una relación futura con esa persona con la que estamos en conflicto, bien porque sea mi pareja, mi compañero de trabajo, mi jefe, mi amigo… entonces, suele ser más inteligente separar el problema de la persona. Aislar el hecho. No es “porque tú me has hecho sentir así”. No. Es “yo siento esto a consecuencia del hecho sucedido”. La persona no es que sea así, sino que se ha comportado de ese modo en ese momento dado y no me ha gustado. Nosotros también tenemos malos días.
  • Esperar el momento adecuado, en el que tengamos la capacidad para argumentar y escuchar. Cuando tenemos una intensidad emocional asociada al tema en cuestión muy elevada no tenemos capacidad de escuchar al otro. Estamos muy embebidos en nuestra emoción, en nuestro enfado, tristeza, miedo que nos impide tener respuestas adecuadas y que nos lleva a ser más reactivos. Desde ese estado es muy difícil llegar al entendimiento mutuo. Por eso, es mejor esperar, dejar que se enfríe un poco. De ahí que se diga que no tomemos decisiones importantes en caliente.
  • Plantearme quién es responsable de la situación. Qué parte de responsabilidad es del otro y qué parte de responsabilidad es mía. ¿Puedo hacer yo algo para cambiar la situación? ¿La he empeorado yo? Puedo haber sido yo quien ha saltado de forma impulsiva, quien ha sido exigente con el otro, quien ha utilizado malas formas al hablar, quien no ha asumido su error, quien ha criticado, quien ha querido imponerse, quien quiere controlar todo, quien está en queja continua, quien no sabe priorizar, quien no tiene claro lo que quiere, quien va a la contra por deporte, quien ralentiza todo un proceso por el perfeccionismo, quien actúa de forma poco comprometida o caótica, quien se deja llevar por los demás perdiendo su propio criterio… 
    • Te invito a que hagas una lista con todos tus comportamientos o actitudes negativas que tienes y trates de analizar qué provoca eso en los demás, e incluso, que pienses por qué lo haces.

Mantén una buena actitud

Dicen que lo que das, recibes, por lo que se cumple el dicho de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Sé educado, mantén una disposición al entendimiento, utiliza la empatía, la humildad y la compasión, no desdeñes las emociones de los demás solo porque no las compartas, utiliza feedback constructivo y, sobre todo, no añadas leña al fuego, sé consciente de tus respuestas para no empeorarlo.

Hablando, desde la serenidad, somos mucho más capaces de resolver juntos cualquier problema que se nos ponga por delante. 

Cuando ya estéis en modo soluciones ambas partes, podréis entrar en la búsqueda de alternativas de solución, en formas de cubrir los intereses mutuos, en negociaciones hasta llegar a las mejores decisiones, que suelen ser las que dejan a los dos con la sensación de ganar-ganar.

¡Mucho ánimo! Ah, recuerda, si tú solo no puedes resolverlo, siempre puedes acudir a un mediador neutral que os ayude a acercar posiciones y que facilite el diálogo.

Aprende a resolver conflictos y no irte a la cama con ellos. Tu paz interior será la clave para saber que el conflicto está resuelto adecuadamente.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills