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Muchas veces nos encontramos envueltos en conversaciones que bien podrían ser monólogos realizados por las distintas personas que se han reunido. Saber conversar y conversar mejor supone un arte en el que no se puede ser espectador sino actor.

conversacion

Por este motivo, mantener una comunicación más participativa supondría evitar algunas cuestiones clave:

  • El orgullo: el exceso de estimación propia nos impide ponernos al mismo nivel de los demás porque implica cierta superioridad y puede que nos haga inaccesibles a sus ojos. Puede llevar a una personalidad narcisista.
  • El desinterés: ¡cuántas veces nos hemos pillado diciendo para nuestros adentros… me importa bastante poco lo que me dices, ¿para qué me lo cuentas?, ¿por qué a mí?, ya me ha cogido por banda… No querer escuchar es el principal síntoma de las No-conversaciones.
  • El negativismo: es difícil conversar con alguien muy negativo para el que todo lo que se diga sea menospreciado, o sea una complicación, o sea un desastre. Suele llevar a justificar lo que se diga y puede resultar agotador.
  • La superficialidad: muchas conversaciones tratan de cuestiones con fondo, en las que profundizar. Quedarnos en la superficie, no querer entrar en un tema nos puede hacer perdernos la esencia de lo que nos quieren contar, o lo que de verdad nos quieren decir, además de que si no lo hacemos nunca (¡aunque es muy rico y necesario a veces!), nos costará mostrarnos como personas coherentes e íntegras.
  • La impaciencia: querer acabar pronto, completar las frases, acelerar la conversación para ir al grano, interrumpir mientras el otro está tratando de explicarse, la ansiedad por irse situando el cuerpo ya hacia una salida, puede resultar poco confortable y no sirve para nada.
  • La susceptibilidad: tomarse las cosas como algo personal impide que se ponga el foco en el otro, que sólo nos miremos a nosotros y a cómo nos afecta los que nos han dicho, percibiendo todo como una crítica.
  • El perfeccionismo: bien para pensarse mucho lo que decir y cómo decirlo pues ralentiza la conversación, como para redecir de veinte formas diferentes lo mismo. ¿Llegará un momento en el que lo dicho sea perfecto?
  • La razón: tener la razón siempre limita las posibilidades de abrirnos a nuevos mundos, a la creatividad, a que pueda ser de otra manera. Además, tras expresiones categóricas suele haber un silencio en busca de vías para poder seguir conversando. “¡Porque lo digo yo!”
  • La inseguridad: “casi mejor me callo, así no meto la pata”. ¿A caso no tenemos opinión de todo? Para conversar será necesario arriesgarse y dar nuestro parecer, sin hablar no podemos ser convincentes. Como se suele decir, mejor pedir perdón que pedir permiso.
  • El etiquetado: cuando nos hacemos una primera impresión, cuesta mucho cambiarla. Y ya nos pueden explicar que si no nos abrimos a que pueda ser diferente, no lo será.
  • El malhumor: cuando estamos malhumorados nos cuesta escuchar al otro y más que hablar parecerá que ladremos. Como cantaba el grupo Tenesse, ¡vete! ya no aguanto tu malhumor.
  • La antipatía: expresada como falta de empatía, que no comprende las emociones del otro, que las rehuye y le incomodan. Ignorar los sentimientos de los demás, hacen que buena parte de la comunicación se pierda, ya que el lenguaje es sólo una pequeña parte, el tono, el timbre, el ritmo…en definitiva, la paralingüística va a venir muy influenciada por la emoción sobre lo que se está diciendo.
  • El monopolio: uno solo no puede jugar un partido de tenis. Solo habla una persona y cuando se quiere meter baza, vuelve a hablar de nuevo ella un rato más,… ¿para conversar no hacen falta al menos dos? ¿Y esto no iba por turnos?

Poniendo alertas a estas cuestiones para que nos avisen de cuándo se están dando en nosotros o en los otros, podremos reconducir nuestras conversaciones y éstas serán mucho más agradables para todos los partícipes de las mismas.

¿Quieres disfrutar de una mejor comunicación y de mejores relaciones?

Te espero en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Hubo un tiempo en el que había maestros que enseñaban la profesión a sus aprendices para que pasaran a ser ellos mismos maestros, dando así sostenibilidad y continuidad a sus negocios.

La evolución ha llevado a valorar de nuevo a las Personas, creyendo en sus capacidades no solo presentes sino también futuras.

Hoy queremos proactividad, entornos que hagan más fácil el trabajo, ganas para ir a trabajar, talento y conocimientos para sacar adelante nuestras empresas. Ahora los directivos nos formamos en liderazgo, gestión de equipos, empowerment, para ser mejores “jefes”, tener a la gente más contenta, tener buenos resultados de calidad, etc.

Sabiendo que todo esto es de mí hacia fuera, yo me pregunto, ¿qué tengo que trabajar yo para ser ese mejor líder, ese mejor acompañante de mis colaboradores que les ayude a desarrollar y dar lo mejor de sí mismos? ¿Me conozco? ¿Sé cómo afectan mis decisiones, mis comportamientos, mi gestión de los buenos y malos momentos? ¿Sé lo que me perturba y lo que me resulta tremendamente sencillo en la gestión de mi equipo?

Y es que mi equipo funciona de alguna forma como yo defino, se estresa si me estreso, se preocupa por lo que yo me preocupo, se alegra cuando estoy contento. Es decir, soy modelo.

Soy responsable

Y entonces ¿qué puedes hacer tú?

Puedes comenzar por hacer un autoanálisis. A continuación te dejo unas unas preguntas que seguro te ayudarán:

1. ¿A qué le doy importancia en el día a día y a qué le doy menos?

2. ¿Cómo me siento y qué hago cuando hay algo urgente?

3. ¿Qué expreso cuando hay un resultado que considero como un fallo/error/fracaso y cómo lo gestiono? ¿Lo asumo o busco culpables?

4. ¿Tomo la iniciativa ante las situaciones difíciles?

5. ¿Celebro los éxitos conseguidos?

6. ¿Soy autoexigente para cumplir los horarios, las fechas límite y los objetivos?

7. ¿Me centro en el resultado o en el proceso para conseguirlo?

8. ¿Dedico tiempo a ver, escuchar y sentir a mi equipo? ¿Me parece importante?

9. ¿Cómo traslado o comunico a los demás las necesidades o las tareas a realizar?

10. ¿Me pongo en el lugar de quien lo recibe para saber adecuarme en mi discurso?

11. ¿Me aseguro de que mi mensaje ha llegado correctamente?

12. ¿Exijo y facilito no necesario para conseguirlo?

13. ¿Veo las situaciones inesperadas como retos o como dificultades?

14. ¿Promuevo que haya libertad para expresar opiniones diferentes o para realizar cambios en la forma de trabajar que puedan ser más eficientes?

15. ¿Me quedo en el dato puntual o tengo visión global?

16. ¿Tomo las riendas o voy detrás de ellas? ¿En qué situaciones?

17. ¿Estoy yo motivado para abordar mi día a día?

18. ¿Cómo de comprometido estoy yo con mi trabajo y lo que aporto a la empresa?

19. ¿Yo soy creativo?

20. ¿Cómo desarrollo mi autoridad? ¿Cuánto uso el “porque lo digo yo”?

Y todas estas preguntas, que provienen de las diferentes áreas: comunicación, dirección, motivación, liderazgo, autoridad, gestión del tiempo, etc. ¿Cómo las vive tu equipo?

Seguro que se te ocurren muchas preguntas más para este autoanálisis. Te invito a compartirlas y que las comentemos juntos.  ¿De qué eres responsable?

Te espero en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Se habla mucho sobre felicidad, e incluso la felicidad en el trabajo ¿Es eso posible?

Parece que se está dando en los últimos años una corriente que apoya el “Trabaja en aquello que te gusta”. Ahora bien, no todo el mundo tiene claro cuál es ese trabajo que le gusta o le gustaría como para dar el salto y cambiar. Descubrirlo es parte del éxito.

Quiero ser feliz, que depende de la voluntad, de nuestra genética y de las circunstancias externas

En referencia a la felicidad, Veenhoven la definió como "el grado en que una persona evalúa de forma positiva la calidad global de su vida".

Por su parte, Aristóteles hablaba de "Eudaimonia", entendiéndola como la consecuencia de un comportamiento correcto, el resultado de saber aprovechar lo mejor posible nuestras posibilidades, disposiciones, talentos y las oportunidades que la vida nos ofrece.

De diferentes estudios recientes se ha extraído la fórmula de la felicidad: F=R+C+V

  • F de felicidad
  • R de rango fijo, componente genérico, de nacimiento, carácter, disposición genética o herencia
  • C de las circunstancias externas
  • V de voluntad

En esta ecuación, un 40-50% del total le corresponde al rango fijo, es decir, que tod@s tenemos una buena base para considerarnos felices.

Tan sólo un 10-15% es lo que nos afectan las circunstancias externas y están relacionadas con nuestra red social, creencias, salud, el entorno o los sucesos de la vida diaria.

Y un 35-40% depende de nuestra voluntad, que tiene que ver con nuestra autoestima, fortalezas, optimismo, proposición de metas, una vida guiada por valores, inteligencia emocional, altruismo, gratitud,...

Entonces, ¿te parece que la felicidad está en tus manos?

Te dejo unos títulos de libros sobre la felicidad:

La biología de la creenciaBruce Lipton
Educando para la felicidadRaquel Palomera
Tu puedes aprender a ser felizCarmen Serrat
El per-verso libro de las carencias del almaYolanda Sáenz de Tejada y Juan Carlos Cubeiro

Y un vídeo sobre cómo solemos esperar a ser felices:

¿Quieres ser feliz?

¡Te espero en el camino del crecimiento!

Raquel Bonsfills