Cuando estamos bajos de ánimo, preocupados, con estrés, o cuando estamos malitos es difícil dar el 100% en nuestro trabajo o conseguir estar a todo, como haríamos si estuviéramos bien.

El bienestar personal y el bienestar profesional están conectados porque eres tú quien está detrás de los dos. Eres tú, como persona, la que gestiona lo que ocurre en tu entorno personal y laboral. Eres tú quien tiene sueños, quien tiene valores, quien se ocupa de las cuestiones que te acontecen y de las que promueves. Así que no eres ajeno a todo ello y puede que en un determinado momento te afecte.

¿Estás en el círculo vicioso del agotamiento?

Cuando nuestra salud mental se ve afectada, a veces llega al punto de afectarnos físicamente, cargando nuestro cuerpo de cortisol, estando en un estado de agitación y de inflamación, que nos debilita.En esos casos, nos peleamos aún más con nosotros mismos, porque puede que sientas o pienses que no llegas, que te cansas antes, que vas más despacio de lo que te gustaría, que tienes más y más tareas por hacer, que cometes más fallos porque se te pasan por alto detalles que en otro momento no se te pasaban, y para que no “se te note”, te exiges y te esfuerzas aún más, llevando a tu cuerpo a un desgaste aún mayor. Lo que acaba siendo un círculo vicioso de agotamiento.

¿Cómo salir del círculo vicioso del agotamiento?

  • Lo primero: decide salir. Para poder hacerlo has de hacerte consciente de lo que estás haciendo, de cómo te está afectando tu situación, de que tu físico puede ser limitado en un momento dado, o de que te despistas más de lo habitual, o simplemente, que estás tardando más en hacer lo mismo, aunque no tengas tan claro por qué.
  • Empieza por parar. Porque cuando te sobre exiges para conseguir rendir igual que siempre aunque no puedas, te restas tiempo de descanso, haces más horas, te dices que tienes que terminar eso antes de dejarlo… Así que, permítete descansar para recuperar fuerzas. Si no es cada día, que sería recomendable, al menos hazlo cada fin de semana. No te pongas mil quedadas o actividades en los fines de semana. Aprovecha porque precisamente cuando más tienes que hacer, has de descansar mejor. No es que estés parado del todo o sí, si te apetece, sino que te permitas escucharte, hacer lo que te apetezca. Si tienes niños a los que atender, busca las actividades que te permitan fluir a ti. Por ejemplo, llevarlos al parque y que ellos salten y corran mientras tú estás tranquilamente sentada en un banco viéndolos o leyendo o charlando con tu pareja. Sin exigencia para ti.
  • Abandona la prisa. Nos solemos agobiar porque tenemos plazos a los que no llegamos o mil cosas a hacer en esos plazos. Entonces, empieza por las tareas que te llevan más tiempo, sigue las reglas de gestión del tiempo para organizarte mejor, para programarte teniendo en cuenta todo lo que tienes que hacer, pero luego, ponte a hacerlo sin mirar el reloj. El tiempo que tardes en organizarte te valdrá para la tranquilidad de después al hacerlo. Y en tu tiempo no laboral, también, deja que fluya, no te pongas el despertador, ¡no vayas corriendo porque llegas tarde! Llegas cuando puedes. Es mejor que en el tiempo que estés así, no te exijas aún más con el reloj.
  • Haz lo mínimo, pero hazlo. Siempre tratarás de hacer todo perfecto. Y te recuerdo que lo perfecto no existe y la famosa frase de “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Está demostrado que la diferencia entre ese extra que le vas a dar por querer hacerlo perfecto, respecto al tiempo que te supone dárselo, no compensa en cuanto a la eficacia del resultado. Así que quédate con lo bueno. Lo importante es que esté hecho, lo mejor posible, desde luego. Si eres una persona que siempre da lo mejor de sí, por mucho que te quedes en tu mínimo, te aseguro que ya será mucho mejor de lo que otros muchos harían. A veces no nos ponemos en valor, o pensamos que hacerlo perfecto es lo normal. Y te lo digo yo que me enseñaron que sacar un 10 era lo mínimo que se esperaba de mí. Pero no, un 10 es un 10. ¡¡¡Y un 8 está realmente bien!!! Así que cuando hay que sacar adelante muchas cosas, hazlo lo mejor que puedas. Seguro que estará bien.

Cuídate y quiérete

Aunque a veces es tal el estado de agotamiento que ya no puedes hacer lo que deseas, que puede que no tengas ni ganas, ni fuerzas ni el ánimo para empezar, y solo de pensarlo se te hace un mundo. Entonces, en esos momentos, cuida de ti. Haz alguna actividad que te genere bienestar, un paseo, un abrazo, leer un poco algo que te guste, tomar un poco de chocolate negro o pistachos… estimula tus hormonas de la felicidad. Y cuando ya lo hayas hecho, entonces, aprovechando ese mejor estado de ánimo, elige aquello que sea lo que menos te pueda costar hacer. Lo que te suponga menos esfuerzo. Porque si no haces nada, tendrás un sentimiento de culpa que te costará aún más superar. Así que haz algo sencillo, si es mecánico, que puedas hacerlo de manera automática mejor. Aquello que haces bien casi con los ojos cerrados. Solo empieza. Y después te será más fácil seguir.

Háblate bien. Reconócete el esfuerzo. En lugar de estarte fustigando por todo aquello que no haces o por lo que te queda por hacer, respira, empieza a ver lo que sí has hecho. Si en lugar de trabajar 14 horas has trabajado 10, sigue siendo un gran esfuerzo, aunque no hayas llevado el mismo ritmo. Vigila lo que te dices, porque buena parte de tu machaque emocional y mental viene de ahí. Recuerda que lo que te dices y cómo te lo dices, importa.

Cuando más flojitos estamos, es en el tiempo en el que más necesitamos mimarnos, como hacían nuestras madres, queriéndonos para recuperarnos antes. Y eso también es una gran práctica. En lugar de presionarnos más, hemos de querernos más, consentirnos más, ser más generosos con nosotros, perdonarnos más y recuperaremos así más rápido tanto el ánimo como el ritmo.

Ahora que lo sabes, ¿qué vas a empezar a hacer para protegerte en lugar de exigirte más y de ese modo tener más fuerza para avanzar? Recuerda, hacer el mínimo es mucho más de lo que crees. Haz el mínimo con todo lo mejor de ti, por poquito que sea.

¡¡¡Mucho ánimo!!!

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills