Todavía existe la creencia de que la compasión es una debilidad que no tiene cabida en las empresas. Se piensa que hay que mantenerse firme y ser duro para que el equipo dé lo mejor de sí mismo.
Sin embargo, hoy en día, las personas prefieren entornos laborales más humanos y, por otro lado, desde la investigación organizacional se ha demostrado que estos son los entornos más efectivos.

¿Qué es la compasión?
Comencemos por el principio, con saber realmente qué es la compasión.
La compasión es la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento ajeno, que se experimenta a través de sentimientos de pena, tristeza o ternura, que provocan en nosotros el deseo de aliviar ese sufrimiento, ya sea por piedad o solidaridad.
Solo de esta definición ya podemos extraer tres claves de la compasión:
- Identificar. Para poder desarrollar la compasión hemos de identificar primero el dolor o la dificultad que está viviendo la otra persona. Por eso, la comprensión de las emociones y su expresión es muy necesaria.
- Empatía. Necesitamos de empatía para poder entender cómo lo está experimentando, sentirlo como si fuéramos esa persona.
- Acción. Al no ser esa persona, tenemos la oportunidad de apoyar, aportar seguridad, soluciones o, en definitiva, actuar de algún modo para hacerle sentir mejor.
Desde la neurociencia, se ha estudiado la empatía y se ha observado que activa redes cerebrales relacionadas con el dolor compartido. Esto hace que cuando empatizamos con alguien que sufre, se activan en nuestro cerebro esas redes asociadas al dolor y podamos sentirlo como nuestro. Pero, ¡cuidado!, hemos de saber gestionarlo para no desgastarnos por situaciones que en realidad son del otro.
Si practicamos la compasión, se activan circuitos cerebrales asociados al cuidado, la afiliación y la recompensa. Por eso, mostrarnos compasivos nos hace sentirnos bien, nos genera bienestar a nosotros y también, gracias a nuestra acción, generará bienestar en la persona a la que tratamos de aliviar. Todos ganamos.
La compasión en el liderazgo actual (identificación, empatía y acción) nos demuestra que la empatía por sí sola no es suficiente. No basta con conectar con el otro, mantenerse cercano, escucharlo o comprenderlo. La compasión da un paso más y nos impulsa a actuar.

¿Por qué es importante la compasión en el trabajo?
Como dicen en el Instituto de NeuroLiderazgo, “las grandes culturas organizacionales se construyen sobre grandes relaciones. Cuando un equipo se siente apoyado, se comunica, actúa y colabora mejor”. En consecuencia, el rendimiento es mayor porque la conexión interpersonal mejora la motivación, la cooperación y el desempeño.
Además, cuando las personas se sienten acompañadas, comprendidas y vistas, y perciben que importan más allá de sus resultados, la comunicación fluye mejor, la creatividad se expresa con menos límites, surgen mejores soluciones, aumenta la innovación y se reducen los conflictos, favoreciendo el bienestar laboral y la corresponsabilidad.

La compasión en el liderazgo: del acompañamiento a la acción
Un líder capaz de atender y comprender la emocionalidad del equipo tiene más posibilidades de llevarlo a su máximo potencial:
- Da un feedback que construye, no destruye. Se puede detectar dónde está el problema de un colaborador, adaptar la comunicación a la situación y, además, actuar para solventarla, reducirla o superarla, ofreciendo apoyo y un plan de mejora.
- Gestiona mejor los momentos de alta presión. Se entiende la emocionalidad que genera esa presión y se acompaña en el proceso. Se escucha, se genera confianza y seguridad y, así, disminuye la resistencia al cambio.
- Motiva, mejor que desmotivar. La motivación está relacionada con la inteligencia emocional, con entender los motores de vida que nos mueven y nos llevan a avanzar. Por eso, cuando se lidera desde la compasión, es más fácil captar la motivación intrínseca de cada persona y alimentarla para ayudarle a afrontar lo que tiene delante.
- Cuida del equipo, evitando el estrés y la ansiedad. Al relacionarse y hablar con el equipo de forma recurrente, se puede conocer cómo está cada persona y dosificar el trabajo: exigir más cuando se puede y bajar la carga cuando alguien no puede con más.
- No evita conversaciones difíciles. Cuando se detecta una situación que está afectando a un colaborador, se aborda, se entra en modo soluciones y se trata de ayudar a reconducir lo que ocurre.
- Facilita la toma de decisiones. Ya sea para determinar un plan de acción o para redistribuir prioridades en función de la situación, la compasión es una aliada para tomar decisiones con mayor convicción. No es solo acompañar las emociones, sino canalizarlas y responder ante su presencia.
- Fomenta una cultura de apoyo mutuo. Cuando el equipo siente seguridad psicológica, no hay miedo a pedir ayuda, los errores se comparten y aumentan la colaboración y la unión.
- Favorece el reconocimiento. Al hacerse consciente de los retos que cada persona debe superar, se pone en valor el esfuerzo realizado. Esto permite un reconocimiento más oportuno y conectado con el momento presente.
Cuando hablamos de líderes emocionalmente inteligentes, hablamos de líderes que saben reconocer las emociones, gestionarlas, empatizar, motivar y que desarrollan las habilidades sociales necesarias para comunicarse de forma adecuada con la persona que lo está pasando mal. Y para llegar a ser emocionalmente inteligente hay que comenzar por aprender, practicar y actuar desde la compasión.
Ahora que lo sabes, no te quedes solo en la comprensión emocional, ponle una pizca de compasión y actúa para mejorar la situación. Pon la humanidad en acción.
Aprendiendo en el camino del liderazgo.
Raquel Bonsfills




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