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En estos tiempos de pandemia, nos hemos animado más que nunca a realizar formaciones desde casa. Han aumentado las formaciones online y virtuales, muy especialmente las gratuitas. Nos hemos capacitado de forma autodidacta más que nunca a través de vídeos y tutoriales, podcast que nos han enriquecido e incluso hemos utilizado el formato de televisión para nuestro crecimiento.

Sin embargo, también ha sido muy alto el número de personas que han abandonado dichas formaciones.

¿Por qué no terminamos lo que empezamos?

Muchas veces es porque no nos sentimos capaces. Esa falta de capacidad la podemos sentir cuando nos cuesta aprender las cosas. De adulto no aprendemos tan rápido sobre todo si no tenemos la costumbre. Al cerebro le supone un esfuerzo. De ahí la importancia de mantenerse mentalmente activo.

También podemos sentirnos incapaces en cuanto al tiempo que hemos de dedicarle, puesto que a veces requiere de más del que habíamos previsto o que se nos complica con los niños, el trabajo o las demás cosas que también tenemos o queremos hacer.

A veces nos decidimos a formarnos porque nos ha llamado la atención un curso, pero luego cuando nos requiere esfuerzo, cuando paramos a pensarlo, nos viene el “para qué me habré metido yo en esto”. Y lo que fue un impulso, a la hora de la verdad, no nos apetece tanto.

Las dificultades tecnológicas también nos frustran mucho. Aunque en general las plataformas de formación cada vez son más intuitivas y nos vamos acostumbrando a su uso y diseño, es frecuente tener problemas puntuales de conexión, de los “no me deja entrar”, “se ha caído el servidor” o “¿dónde dices que viene eso?”. Y lo que iba a llevarme dos horas se convierte en cuatro y querer tirar el ordenador por la ventana.  También puede surgir el hecho de que la formación no sea como yo esperaba. Que de lo que se vende a lo que es hay diferencia y no cumple con mis objetivos al elegirla. Aunque yo creo que siempre se puede sacar algo bueno, nuestro tiempo es un regalo para quien se lo dedicamos, por eso hay que elegir bien.

Claves para afrontar una formación online

En psicología recomiendan siempre terminar lo que empiezas. De ahí que os quiero compartir algunas claves para afrontar una formación online sobre todo si es de larga duración.

  • Revisa tu motivación: Es importante que te hagas consciente de por qué has decidido hacer ese curso o máster. También, para qué lo haces. ¿Qué quieres conseguir cuando lo hayas completado? ¿Cómo te quieres ver? 
    • En anteriores artículos te he comentado por qué cae la motivación en cualquier proyecto que nos surja en la vida, es algo que va a pasar dado que la motivación no es constante, sino que tiene altos y bajos. Por eso, has de estar preparado y revisar tu motivación para poder seguir adelante. ¿Cómo de importante es hacerlo para ti? Quizá sea bueno que esto te lo plantees antes de elegir una formación u otra.
  • Conócete. Cada persona tiene su manera de vivir, su sentido de la responsabilidad, sus valores y compromisos. Hay quien tiene más tiempo por las mañanas y otros que prefieren la tranquilidad de la noche. Los que solo pueden hacer formaciones en fin de semana y los que eligen entre semana. Hay quien prefiere actividades en movimiento y hay quien prefiere la quietud. Personas más mentales y analíticas, personas más de acción o más relacionales, que prefieren hacer cualquier cosa siempre que sea con otros. Piensa en si una formación online es una opción de aprendizaje apropiada para ti. 
  • Conoce la herramienta de aprendizaje. Una vez te has decidido a hacer la formación, es el momento de trastear, pinchar en los botones a ver qué hay, probar. Siempre recuerdo algo que me decía mi hermana cuando comenzamos a usar los ordenadores, que ha sido esencial para mí en el manejo de las nuevas tecnologías: “lee”. A veces queremos saber a qué botón dar sin leer lo que dice dicho botón. Incluso al navegar por internet necesitas palabras clave. Te aseguro que quien crea las plataformas de formación trata de hacer comprensible el lenguaje y no llevar a equívocos. Por lo que, si pone “diccionario o glosario”, seguramente tenga una lista de palabras con sus definiciones, si pone “mis cursos” lo más probable es que estén listados los cursos a los que tienes acceso…etc. Confía y bucea para familiarizarte con la forma de funcionamiento de esa plataforma. 
  • Pide ayuda. Si tienes problemas, lo más seguro es que no serás el primero al que le ha pasado. Por eso, siempre hay un servicio técnico, una persona de contacto, un coordinador de la formación o incluso el comercial que te lo vendió a quien puedes preguntar, quien puede pasar la incidencia a quien corresponda para que se te solucione. Aunque no sea tan inmediato como te gustaría, ten paciencia. Se solucionará.
  • Márcate unos objetivos, una planificación y programa tu agenda. La mejor forma de avanzar es que te vayas poniendo metas. Por ejemplo, llegar hasta el tema 3 en el mes de octubre, siempre que puedas ir avanzando a tu ritmo. Y si es la propia formación la que marca la pauta dentro de un horario establecido, después necesitarás tiempo para estudiar, hacer tareas, ejercicios, aplicaciones, etc. Ese tiempo que has de dedicarle tienes que contemplarlo en tu agenda porque si no, nunca lo vas a tener y te agobiarás. Si tu formación es los viernes por la tarde de 16 a 20 horas, cuenta con ese tiempo en tu agenda y además elige otra hora o dos horas más para hacer las demás cuestiones, por ejemplo, el sábado por la mañana de 10 a 12 horas. Cuando veas que van pasando los días y se van cumpliendo tus metas, te sentirás más capaz, confiado y motivado. 
  • Elige un espacio propicio para el aprendizaje. Evita lugares ruidosos y con distracciones porque, aunque puedas ponerte auriculares, si es una formación larga puedes acabar cansado de llevarlos, y con mucho movimiento y jaleo alrededor te será muy difícil concentrarte. Busca en la medida que puedas un lugar tranquilo, cómodo, bien ventilado y con una iluminación adecuada para estar tanto tiempo delante del ordenador. 
  • Descubre tu mejor forma de aprender y aplícatela. Está demostrado que cuantos más sentidos pones en lo que aprendes más fácil te es aprender y retener lo aprendido. También cuando aplicas lo aprendido, lo explicas y practicas más desarrollas tus capacidades. Sin embargo, hay personas que captan mejor la información a través de lo que ven, otros de lo que oyen, otros según se sienten, otros al leer y escribir… Test como los desarrollados por Honey y Mumford, o el Modelo VARK de Neil Fleming y Collen Mills, pueden ayudarte a identificar qué te resulta más fácil a ti para que te lo apliques a la hora de hacer la formación. Por ejemplo, si resulta que no eres una persona demasiado auditiva y la formación es en forma de vídeos que hay que ir escuchando, puede que te cueste un poco aprender los contenidos. Si según escuchas te tomas notas, te haces esquemas, piensas en aplicaciones o lo haces a la vez que lo escuchas, tu integración de lo aprendido será más rápida y mejor. 
  • Aprovecha la fuerza del grupo. Participa porque una pregunta es un tesoro. Las dudas se comparten y se piensa en grupo la respuesta o el que la sabe la aporta y enriquece al resto. Los más fuertes tiran del grupo ayudando a los demás. Así pueden ir dándose cuenta de qué saben ya y en qué han de seguir profundizando. Los debates y las reflexiones sobre el tema nos llevan a tomar perspectivas, a entender, a integrar y exponer soluciones, aplicaciones, pasando de ser receptor pasivo de información a participante activo y creativo del aprendizaje.   
  • Si ves que te desenganchas, antes de abandonar, busca apoyos. A veces, en determinados momentos necesitamos ayuda para seguir, sobre todo en formaciones de larga duración. Coaches, psicólogos, entrenadores, mentores, coordinadores de la formación, directores de máster, algún profesor con el que tengas confianza…pueden ayudarte. Hay factores que influyen mucho en nuestra capacidad de aprender y en sentirnos bien ante la exigencia de hacer una formación que depende solo de ti y tu disciplina para abordarla. La alimentación, el estado de ánimo, las circunstancias personales, familiares y laborales, el ejercicio, el descanso, el nivel de estrés… pueden estar causando estragos. Un profesional adecuado puede ayudarte a detectar cuál es el inconveniente y a poner remedio en lo posible para que lo lleves mejor. Recuerda que no estás solo.  
  • Celebra los éxitos. Con cada meta conseguida has de hacerte consciente de tu avance, porque estás más cerca del final, más cerca de conseguir aquello que te motivó a hacer la formación. Parar a reconocerte te permite ir valorando si el método que utilizas es el mejor para tu aprendizaje, qué te falta y qué necesitas, así como establecer los siguientes pasos y mejoras necesarias. Prémiate, celebrarlo en grupo, aunque sea virtualmente. Eso te animará a seguir. 

Todo lo que vayamos aprendiendo en nuestra vida nos mantendrá activos y en crecimiento. Si queremos progresar en nuestra carrera profesional, cambiar y reorientarnos, descubrir más sobre nuestros intereses, mejorar nuestra forma de entender el mundo y relacionarnos con nosotros mismos y con los demás, continuar capacitándonos, también en lo personal, hemos de seguir formándonos, aprendiendo de los demás y del mundo que nos rodea.  

Las formaciones online suponen un reto, sí, para tu disciplina, para tu compromiso, para tu motivación, para tu éxito y para ti. Un reto que se puede superar. Con lo que te he compartido, ¿qué vas a comenzar a hacer para asegurarte de que finalizarás tu formación?

Hagas lo que hagas, ¡nunca dejes de aprender!

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

4 octubre, 2021

¿Eres de los que siente que tiene que hacerlo todo? ¿Que nadie lo sabe hacer o lo hace como tú? ¿Que para tener que hacerlo de nuevo, ya lo haces tú? ¿Que entre que lo mandas hacer y le dices cómo, ya lo has terminado tú? Si has contestado al menos a 2 de estas preguntas que sí, seguro que te cuesta delegar.

¿Qué es delegar?

Delegar es otorgar tareas cuya responsabilidad es tuya a los demás. Es decir, se delega la tarea, pero no la responsabilidad. Por eso, aunque le dejes a alguien a cargo de hacer algo, si sale mal, luego no puedes ir echándole la culpa, porque la responsabilidad de supervisar que aquello era lo correcto era tuya. No es un “ya te encargas tú”. Es un “lo haces, y yo lo superviso”, porque al final, la responsabilidad es mía. Es decir, si tengo que responder yo por ello, al menos que sepa de qué va, qué se ha hecho y cómo. Si no, pocas explicaciones podré dar o simplemente, poco podré saber si estoy de acuerdo con lo que se ha hecho o expresado en mi nombre.

Otra cosa es que tengas confianza total en alguien y que sepas, sin lugar a duda, que va a actuar como tú lo harías o de forma con la que estás totalmente conforme. En esos casos, solemos obviar la supervisión en pro de dicha confianza. Pero recuerda que sigues respondiendo tú.

¿A quién delegar?

Encontrar a alguien en quien delegar una tarea no suele ser algo sencillo. Para ser una persona apta para delegarle algo, es necesario que la persona cumpla estos tres requisitos:

  • Que quiera.
  • Que sepa.
  • Que pueda.

Si alguno no se cumple, sabremos que algo puede fallar. Porque si quiere y sabe, pero no puede porque no tiene tiempo, al final no quedará hecho lo que deseamos. Si puede y sabe pero no quiere, lo postergará o lo hará rápido sin prestarle toda la atención de la que es capaz, pudiendo incluso llegar tarde con la tarea o no estar tan bien. Y si no quiere, por mucho que pueda y sepa, pasa del tema y deja de ser un candidato propicio

¿Cómo delegar?

Cuando delegamos es imprescindible tener en cuenta:

  • Dar marco: De qué va lo que te voy a pedir. En relación a qué. Cuál es nuestra postura (de la empresa, mía personal…) al respecto.
  • Explicar lo que se quiere conseguir: esto es decir el qué quiero. Más o menos detallado. A modo de objetivo. Cuanto más claro sea más fácil le va a ser al otro conseguirlo. Recuerda la técnica del Smart-e para la definición de objetivos. Siempre te va a ayudar.
  • Para cuándo: necesitas dar un tiempo límite para la ejecución. No es un “vete haciendo”. Aunque no lo sepas, establece tú un período o fecha límite en el que te gustaría tenerlo. ¡Ten en cuenta el tiempo para tu propia revisión! Si lo tienes que enviar el último día del mes, no se lo pidas para ese día sino para unos días antes, porque si se retrasa, que aún tenga tiempo de hacer los cambios posteriores y tú de supervisarlo. 
  • El cómo lo pone la persona que lo va a hacer. Si no confías, le darás pautas más claras, concretas y meticulosas de lo que quieres. Sin suposiciones para evitar sorpresas. Probablemente ya cuentas con que no va a saber hacerlo o lo intuyes, luego no se cumplen los requisitos anteriores. Pero si delegas, has de permitir que la persona lo haga a su manera.
  • Haz seguimiento: De vez en cuando pregunta cómo va, qué ha hecho ya, qué le falta y qué necesita. Puedes hacerlo en reuniones ágiles que te permiten conocer el estado de la tarea, si tiene los recursos para realizar la tarea y podrás ir evaluando si va por buen camino ofreciendo un feedback oportuno.
  • Supervisa: Cuando está completada la tarea, antes de entregarla o enviarlo a quien corresponda o darlo por finalizado, es el momento de evaluar el trabajo. Si estás desbordado y no tienes tiempo de supervisar, pide que te cuente al menos la idea de lo que ha hecho, en una llamada, en 10 líneas, en una imagen... Para que al menos tú puedas responder si te llaman a preguntar qué es eso que has mandado. Ojalá tengas siempre tiempo de revisar las cosas, pero todos sabemos que a veces no es así.

Delegar con confianza: mentoring

Ahora bien, si te ves obligado a repartir tus tareas porque no llegas y necesitas ayuda y no tienes claro que puedas confiar en el buen resultado que quisieras porque las personas que tienes alrededor no cumplen los requisitos, practica el mentoring

El mentoring consiste en facilitar el desarrollo de una persona (el mentorizado o aprendiz) a través del intercambio de recursos, conocimientos, valores, habilidades, perspectivas, competencias… Y actúa en tres niveles:

Se plantea el punto de partida, lo que se quiere conseguir que aprenda y se hace un plan de acción consensuado sobre cómo irlo desarrollando. 

El mentor, es decir, tú, asumes la responsabilidad durante el tiempo que dure el aprendizaje, y al delegar, ¡siempre! Y aunque alguna cosa no se la enseñes tú personalmente, te puedes coordinar con otros y hacer seguimiento de lo que haya aprendido con ellos. 

El mentoring tiene la ventaja de que vas a ir supervisando el aprendizaje, ganándote la confianza de la persona que lo va a hacer porque le estás enseñando a hacerlo como lo harías tú. Además, le dejarás la capacidad de implementar su propio criterio en pro de la mejora de lo que se le esté pidiendo hacer.

Si practicas el mentoring, quizá en un primer momento te lleve tiempo, pero mucho más rápidamente obtendrás los objetivos cumplidos gracias al buen trabajo de una persona que sabe la importancia que tiene esa tarea y el punto de vista que le debe dar.

La relación entre la persona a quien delegas y tú se fortalece gracias a una comunicación abierta, reflexión compartida, retroalimentación continua y una forma establecida de preguntar y responder que enriquece a los dos, mejorando la franqueza y la seguridad en el otro. Ha de haber una disponibilidad y cercanía clara por tu parte para estar pendiente de ella.

Aunque te cueste en un primer momento, recuerda que es mejor dedicar tiempo a lo importante ahora, que seguir toda la vida viviendo en lo urgente, superado por la cantidad de trabajo, estresado en el mundo del “no llego” o “no puedo con todo”. Por eso, permítete enseñar para poder delegar con la confianza que necesitas para hacerlo. Mentoriza.

¿Crees que puedes comenzar a analizar en quién puedes delegar? ¿Qué les falta para poder ser candidatos para delegar en ellos? ¿Qué vas a empezar a hacer para que pronto lo sean y tengas la ayuda real que necesitas?

Aprendiendo en el camino del crecimiento. 

Raquel Bonsfills

20 septiembre, 2021

¿Te ha pasado que por la mañana hasta que dejas los niños en el colegio y llegas al trabajo has estado estresado? No llego, vamos tarde, ¡como siempre! Corriendo todo el día. Y eso acaba generándote un mal humor que no es nada beneficioso para comenzar cada jornada.

No es lo mismo que estés tú solo, que un día te hayas dormido y tengas que salir sin desayunar, porque eso debería ser algo puntual. Si no lo es, también te pueden venir bien alguna de estas ideas.

Quiero hacer referencia más bien a esos días en los que te levantas y, de repente, o es que has ido haciendo todo más despacio, o te ha tomado más tiempo despertarte, o has estado detrás de tus hijos para levantarlos, que desayunen, se aseen, vistan y cojan sus cosas para salir hacia el colegio. En definitiva, días en los que se te echa el tiempo encima. Y si ya de camino a la escuela hay más tráfico de lo normal, vas tirando del brazo al niño porque no avanza al ritmo que quisieras, ¡desesperas! ¡Ufff, respiraaaaaa!

Buenas costumbres para alejar el estrés por la mañana

No se trata de correr más, sino de ajustar mejor los tiempos que necesitas para hacer las cosas. A veces, creemos que con una hora desde que suena el despertador tenemos suficiente para estar listos para salir y llegar a tiempo al trabajo. Pero cuando no tienes que depender solo de ti, esto cambia, y hay que tenerlo en cuenta. Por eso, te invito a probar alguna de estas claves para que no estés atacado de los nervios desde primera hora de la mañana.

  1. Calcula el tiempo mínimo que necesitas para estar listo tú. Comienza por prestar atención al tiempo que utilizas en asearte, porque no es lo mismo una ducha rápida que si además tienes que lavarte el pelo, echarte mascarilla o depilarte. Sí, ya sé que lo haces muy rápido, pero es tiempo que se consume. Yo tengo estudiado que lavarme el pelo me lleva 10 minutos más. Igual pasa con el desayuno, que no se tarda lo mismo tomar un café con tostadas y mantequilla que beberse un batido nutritivo. No te hagas trampas con los tiempos, eso solo va a favorecer tu estrés. 
  2. Suma el tiempo que necesitas en atender a los demás. Si tienes niños, ellos también tienen sus tiempos. Invítales a que se den cuenta también del tiempo que los lleva estar preparados para salir. Os ayudará a saber la hora a la que poner el despertador. Añade tú ese tiempo que tardas en preparar su desayuno, su ropa, hacer su cama cuando son pequeños, ayudarles a vestir… Igual si tienes una persona mayor a tu cargo que has de dejar todo lo que necesite preparado. Sé consciente del tiempo que te lleva y súmalo al tiempo que necesitas tú. Te ayudará dejar todo lo que se pueda preparado la noche anterior.
  3. Tu despertador suena primero. Con esos tiempos que necesitas y que ya eres consciente, pon tu despertador de forma que puedas estar tú lista para acompañar a los demás en su rutina matutina. Decide qué momentos puedes compartir con los demás, como desayunar juntos, o si es mejor que tú lo hagas antes para después solo estar a sus cosas.
  4. Pon tiempos límite. Si sabes que para ir tranquila tienes que salir a las 8 de casa ponte una alarma a las 7:55 AM que te indique que ya es momento de coger tus cosas y salir. Antes de eso puedes ponerte otras alarmas para el momento en el que ya hay que estar lavándose los dientes o que has de estar ya desayunando. Aunque no lo creas facilita mucho porque en lugar de empezar con el “ya vamos tarde”, simplemente, dejas lo que estabas haciendo y te pones con la siguiente tarea. Si un día desayunas menos o te entretienes menos en elegir la ropa, no pasa nada.
  5. Implementa pautas que permitan a cada uno saber lo que puede hacer. Por ejemplo, si tu hija se despierta mientras estás en la ducha, podría decidir irse al sofá a ver la televisión y no ponerse a desayunar. Si quieres que vaya ganando tiempo ha de tener esa pauta clara. Todos han de conocer la rutina que mejor les va cada mañana.
  6. Emocionalmente preparado. Si has sido previsor y por lo que sea no se ha dado bien, no es una tragedia. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Tener que pedir disculpas, aceptar una regañina, pasar vergüenza… si te das cuenta, estamos hablando de cosas que pueden pasar a cualquiera. Hay días que el tráfico es muy intenso y lo sabes porque haces cada día el mismo recorrido o similar. Hay días que se tuercen las cosas, pero al final, todo se reconduce, y se hará mejor con paciencia. Respira. No es tan grave. Mantén tu flexibilidad emocional y mental para actuar con más serenidad.
  7. Ejercicio al amanecer. Desde los que han estudiado que levantarse a las 5 de la mañana te puede hacer más productivo, hasta los que se van al gimnasio antes de ir al trabajo, todos valoran los beneficios que tiene hacer ejercicio por la mañana. Taichi, salir a correr, estiramientos… levántate un poco antes y activa tu cuerpo con la luz del amanecer, verás que también tu humor con las endorfinas y la dopamina te animan y te permiten tomarte de otra forma lo que venga después.
  8. Medita y agradece. La serotonina y la oxitocina también juegan un papel importante en nuestra vida. Agradecer las oportunidades que trae un nuevo día, poder estar en contacto con los demás, con nuestros seres queridos, tener trabajo, vivir… hemos de hacernos conscientes de todo lo bueno que hay en nuestra vida porque igual evita que nos pongamos tan rápido a protestar por llegar tarde.
  9. Cambia de marcha, agiliza lo que puedas. El “vísteme despacio que tengo prisa” de Napoleón tiene sentido porque cuando vas como un loco, lo más probable es que hagas las cosas mal, te dejes olvidado algo, tengas un percance, choques con la gente o con otro vehículo… y eso solo va a hacer que llegues aún más tarde. Pero tampoco se trata de ir despacio como si no pasara nada. Lo mejor es agilizar, cambiar el ritmo de la marcha sin perder el control.
  10. Creatividad para encontrar atajos. Cuando necesitamos optimizar, hemos de agudizar el ingenio para descubrir atajos que nos permitan obtener buenos resultados en menos tiempo. ¿Quién dice que no puedas coser el polo a la falda para ponerte la ropa de una vez? ¿Sabes que si te metes por esa callejuela te evitas dos semáforos? ¿Y si desayunas por el camino y te llevas el cepillo de dientes para cuando llegues lavártelos? ¿O si dejas por la noche preparada la mesa del desayuno? Ten en mente unos cuantos “atajos” para los días que se complican.

Y si aun haciendo todo esto, llegas al trabajo estresado, para. Todo lo vivido por la mañana ya pasó. Ahora estás en otro lugar, con otras personas, con otra tarea por delante. Ponte en el presente. Haz ejercicios para equilibrar y gestionar tus emociones. Y comienza tu jornada enfocada en lo que tienes delante.

Espero que alguna de estas ideas te ayude, aunque solo lo sabrás si lo pruebas. ¿Cómo vas a mejorar tus mañanas para no sentir que vas corriendo desde que te levantas?

Disfruta del comienzo de tu día sin complicarte más de la cuenta.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

7 septiembre, 2021

Hay quien dice que es un talento innato. Otros dicen que solo algunas personas tienen ese carisma o liderazgo que deja huella a su paso. Aunque los talentos y las habilidades se aprenden, la personalidad viene de serie. Sin embargo, tengas la personalidad que tengas, todas las personas, tú también, tenemos algo especial dentro de nosotros. 

Reflexiona: ¿Qué dirías que es “ese algo especial” que tienes tú?

Te acompaño a reflexionar sobre todo lo que hay de especial en ti:

  • Tu físico. ¿Hay algo que destaque? Cuidado que igual te has ido a aquella parte de tu cuerpo que no te gusta mucho, en lugar de irte a reconocer tus bonitos ojos, tus largas pestañas, tu preciosa sonrisa, tu piel cuidada…
  • Tus habilidades. ¿En qué eres bueno? ¿Qué haces muy bien? ¿Qué se te da mejor que a la mayoría? A veces nos hacemos expertos en habilidades como el quejarse, el malmeter, el saltar por todo… hazte consciente de qué no es positivo y deja de cultivarlo para que te enfoques en lo que sí eres brillante.
  • Tus conocimientos. ¿Eres de los que saben mucho de algún tema? ¿Un friki, un geek o un nerd? Si es así, ¡felicidades! Seguro que te apasiona ese tema, que podrías hablar de ello durante horas. Eso sí, comparte esa sabiduría, no te la guardes para ti solo. Y desde luego, no pienses que eres “raro” por ello, porque en realidad puede que haya muchas personas pensando que son “raras” por lo mismo y si en lugar de ocultarlo lo comentas abiertamente, puede que descubras que hay mucha más gente como tú.
  • Tus comportamientos. ¿Qué es eso que haces por lo que cualquiera podría reconocerte? A veces es una forma de andar, de bailar, de levantarte o de sentarte, de morderte el labio, de responder, de escuchar, de tocar, de organizar, de relacionarte, de enfocarte en las cosas, de la sutileza con la que ves el mundo, de clarificar, de ser objetivo, de anticiparte, de divertirte, de afrontar lo que te viene en la vida, de generar armonía… Aunque a veces puedas desear cambiarlo, recuerda que siempre seguirás siendo tú mismo, aunque tus comportamientos sean diferentes a los que los demás recuerdan de ti. Lo importante es lo que generas en ti y en los demás con tu forma de actuar.
  • Tus logros. ¿Qué ha sido eso que has conseguido que no todo el mundo puede decirlo? Te han dado alguna medalla, has podido salir de tu país de origen y tener éxito en el país de acogida, has sido excelente en tu trabajo o en tus estudios, has logrado un puesto al que es difícil de acceder, has criado a tus hijos solo/a,… ¿has ido consiguiendo cada una de las cosas que te has propuesto, tus metas, tus objetivos de vida, tanto personales o profesionales? ¿Cuáles son tus logros por los que has de estar orgulloso de ti?
  • Tus emociones. ¿Cuál dirías que es tu emoción predominante? Soy la que se emociona por todo, la enfadica, la que está siempre feliz… ¿Qué crees que dirían los demás de tu emoción dominante? Puedes hacer un chequeo de emociones, con un diario de emociones, donde ir poniendo las emociones que sientes en general cada día. Al final de una semana podrás revisarlo y descubrir cuál es esa emoción. Como me dirás que claro, depende del momento, hazlo durante más tiempo. Te recuerdo que las emociones más sanas son las que tenemos en el momento adecuado, en la intensidad oportuna. Si te quedas enganchado a alguna emoción procura que sea una que te genere bienestar. Si no es así, si te llevas la tristeza o el miedo a momentos en los que te pasa algo bonito, entonces, has de hacer un trabajo de gestión emocional para evitar que pases a tener estados emocionales más continuos que te impidan vivir otras emociones y experiencias. No todo es malo, no todo da miedo, no todo es alegría.

Espero que todo esto que has ido revisando en ti, te haya servido para darte cuenta de que eres especial y único/a por ti mismo/a. Que eres una persona capaz y maravillosa.

Sin embargo, te puedo decir que hay algo que es absolutamente especial y que está dentro de ti: tu capacidad de amar. Cuando miras algo con amor, sea a ti mismo o a los demás, el mundo parece más bonito, tú te ves más guapa/o, eres más amable, generoso, facilitador, solucionador, inspiras, atraes y brillas.

El amor está en tu interior. ¡Proyéctalo! Comienza por dártelo a ti, el foco no va solo hacia afuera.

Y ahora que conoces el secreto de la magia que te hace brillar, ¿qué vas a comenzar a hacer para poner más amor en ti, en los demás y en todo lo que haces?

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Vemos y leemos historias de éxito cada día. Valoramos a aquellos que logran lo que otros apenas se atreven a soñar. Como Carlos Maldonado, que pasó de deambular por diferentes profesiones hasta convertirse, hoy en día, en uno de los chefs revelación con diversos premios en su haber. O como el británico James Arthur que precisamente se hizo mundialmente popular tras ganar el concurso Factor X con la canción Impossible.   

Pero ¿hay que pasar por un concurso de televisión para lograr el éxito? Lo cierto es que no. Tenemos muchos otros ejemplos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que lograr lo que nos proponemos es una cualidad humana y que la podemos observar en la propia naturaleza.

Si te paras a pensar en las cosas que a lo largo de tu vida te has propuesto ¿cuántas has logrado? Seguro que muchas por no decir todas. Y si no lo has logrado, ¿estás aún a tiempo? Igual que personas mayores pueden volver a la universidad, la mayor parte de los grandes genios alcanzaron el éxito con edades superiores a los 40 años.

En la naturaleza encontramos muchos ejemplos de superación de dificultades.

Por otra parte, si ya no ha lugar, el tren pasó, ¿hiciste todo lo que estaba en tu mano? Lo importante es que no te quedes con la sensación de que podías haber hecho más, que te arrepientas por no haber intentado algo, por pensar que no era el momento, por no molestar, por educación, porque no era políticamente correcto, etc. Cuando el corazón y el cuerpo nos dicen “hazlo” no podemos obviarlo. Eso sí, siempre con respeto a nosotros mismos y a los demás como máxima. 

A veces da vértigo y otras veces el miedo nos frena. Sin embargo, donde hay miedo, por ahí está el camino, porque no es lo mismo miedo con mariposas en el estómago que rechazo, que te indica claramente que no es por ahí. 

8 claves para hacer posible lo imposible

  1. Escucha a tu cuerpo y a tus emociones. Como ya te he compartido, nuestro cuerpo, como el de todos los seres vivos está creado para la supervivencia y es nuestro aliado. Igual que en la foto de este arbusto, va a buscar la forma de lograr sus metas, lo que nadie dijo que fuese fácil. Sin embargo, si escuchamos a nuestro cuerpo y estamos atentos a nuestras emociones, tendremos muchas más posibilidades de acertar en nuestras decisiones. 
  2. Ilusión. Soñar en grande. No te olvides de seguir mirando al mundo como un mar de oportunidades. A veces está revuelto, pero a veces, está cristalino. Cada sueño nos lleva a anhelar aquello con ilusión. Recuerda cómo esperan los niños a los Reyes Magos, o cómo estás antes de pedir salir a la persona que te gusta, o cómo te sientes cuando estás esperando esa última nota que te permite continuar tu desarrollo profesional o personal… Recuerda los momentos en los que te has ilusionado en tu vida, trae de nuevo esa sensación a este momento, revívela y ahora, piensa en lo siguiente que te gustaría lograr.
  3. Póntelo como objetivo. Hemos de bajar a la realidad esos sueños, hacerlos tangibles. ¿Cómo se materializa eso que quieres? Empieza a trazar el mapa de tu recorrido hasta llegar a eso que quieres. ¿Por qué no? 
  4. Confía en ti. "Tanto si crees que puedes hacerlo como si no, en los dos casos tienes razón" que decía Henry Ford. Por eso, ya que te pones a pensar, elige creer que se puede. Al menos así tendrás más posibilidades de conseguirlo. Lo que te dices y cómo te lo dices importa, porque te potencia o te limita. ¿Qué prefieres?  
  5. Actitud. Dicen que los enfermos de cáncer que mejor responden a los tratamientos, que antes evolucionan, son aquellos que tienen una actitud de superación. La actitud, el humor y el optimismo marcan la diferencia entre unas personas y otras. Incluso la certeza o determinación de que son capaces, de que pueden lograrlo, van a ser clave del éxito.
  6. Acción. Nada se consigue si no lo pones en marcha, si no haces algo al respecto. Por eso, da los primeros pasos, organízate. Tu futuro se está creando desde ya. Comienza a vivir como si ya lo hubieras logrado. ¿Cómo te comportarías si ya tuvieras eso que sueñas? ¿Cómo hablarías, qué harías, qué sentirías, qué pensarías? Permítetelo. Es como cuando nos poníamos los zapatos de tacón de nuestras madres cuando éramos pequeñas o nos sentábamos al volante cuando no llegábamos ni a los pedales. Eso marca la diferencia y mantiene vivo el sueño. Comienza el camino.   
  7. Perseverancia. Ante el bache, sigue adelante. Thomas Edison falló cientos de veces antes de conseguir crear la bombilla incandescente. Y cuando un periodista le preguntó si no tuvo ganas de tirar la toalla con tantos fracasos, él respondió: “¿Fracasos? No sé de qué hablas. En cada intento aprendí el motivo por el cual una bombilla no funciona”. Y aunque te plantees más de una vez por qué sigues ahí, recuerda por qué empezó todo y hazte consciente de que obstáculos habrá porque si no, no aprenderíamos, no perfeccionaríamos nada, no creceríamos como personas ni como profesionales. Es una cuestión de madurez que nos hace más sabios para seguir saltando vallas.
  8. Elige tus compañeros de viaje. No estás solo. Cuando pensamos que algo es imposible solemos caer en la sensación de soledad. Pero la realidad no es esa. Nos podemos sorprender cómo de forma más visible o de forma más anónima podemos encontrar manos a las que agarrarnos. Apoyo e incluso cariño. Déjate sorprender por las personas que te rodean. Hay muchas personas maravillosas ahí fuera.

Por eso, lograr imposibles es algo que podemos hacer si creemos en ello porque si de verdad lo deseamos, buscaremos las infinitas vueltas para lograrlo. A veces, habrá paradas en el tiempo, momentos de frustración o de cansancio, incluso de tristeza si se da el caso. Sin embargo, esa chispa que se ve en nuestros ojos cuando soñamos, esa sonrisa plácida de nuestro rostro cuando pensamos en eso que nos gustaría, nos invitan a seguir adelante. Porque la vida, solo tiene un sentido: adelante. Sigue soñando.

Y recuerda siempre los altos en el camino a conseguir lo que quieres. Los obstáculos son meros focos para que te replantees si lo que estás intentando lograr es de verdad lo suficientemente importante para ti.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

¿Qué haces cuando recibes malas noticias? ¿Cómo reaccionas? ¿Te quedas amargado, preocupado durante todo el día sin poder pensar en nada más?

La gestión emocional equilibrada

Las malas noticias pueden asustarnos, pueden generarnos tristeza, pueden enfadarnos… Todas son emociones que tienen su propia forma de gestión. Lo que nos digamos al respecto, nuestros pensamientos, también incrementarán el grado de estas emociones, normalmente intensificándolas, porque ante las malas noticias no siempre nos sale el “no será para tanto” o “va a ir todo bien” de primeras.

Si bien es cierto que hay algunas personas que parecen más tranquilas ante las situaciones que les desequilibran, no siempre están tan impasibles como parece. La procesión se lleva por dentro.

Desde luego, las personas que admiro son las que tienen una maravillosa gestión emocional y saben regular su miedo, su tristeza o enfado, permitiéndoselo vivir, pero con una serenidad admirable y de forma más equilibrada. Por supuesto, no es algo que hayan logrado en un día. Requiere de práctica. Por ejemplo, la persona más feliz del mundo ante el retraso de cerca de una hora de otros con los que había quedado (a desesperación de esos otros por el “feo” que esto suponía), simplemente decía: “no pasa nada, tendría que ser así”.

Consejos para aprender a recibir malas noticias

Puede que confiemos en que el Universo nos pone pruebas o baches de los que aprender. Pero si no crees en ello, quiero compartirte algunas de las cosas que yo he ido aprendiendo y trato de practicar para asimilar las malas noticias:

  1. Respiraaaaaaaaaaa. Es algo difícil de hacer cuando estás muy enfadado, pero si lo consigues haces parar los pensamientos automáticos, lo que es muy importante para cambiar el curso de la situación. Por supuesto, es necesario hacerlo con consciencia.
  2. Pregúntate: ¿Es necesaria mi respuesta ahora mismo? No es lo mismo responder que reaccionar. Por eso necesitamos algo más de tiempo y serenidad.
  3. Pregúntate: ¿Estoy capacitado para responder en este momento? Si la respuesta es sí, entonces ya sabes lo que has de hacer, porque cuando puedes responder, es porque tienes la capacidad de análisis, porque has escuchado a tu cuerpo sabiendo que la decisión es la correcta y porque tienes las posibles opciones y soluciones a tu alcance o sabes cómo dar el siguiente paso, al menos.
  4. Cuando no te sientes capacitado para responder, sal del escenario donde se produjo la mala noticia. Puedes ir al baño, salir para que te dé el aire… suele ayudar a desconectar, cambiar de sitio nos ofrece distancia simbólica con el tema en cuestión.Todo esto has de hacerlo manteniendo la compostura y la educación. Si sigues estos pasos, es más fácil que puedas manejar tus emociones, así que practícalos.
  5. ¿Qué estás pensando? Hazte consciente de tus pensamientos. Será la mejor forma de poder cambiarlos y de observar lo que provocan en ti. También te podrás dar cuenta de lo objetivo que estás siendo con la situación. Céntrate en los hechos para poder separar el problema del mensajero, para evitar sacar culpables o mostrarte irracional y para poder buscar posibles soluciones.
  6. Pregúntate: ¿Qué es lo peor que puede pasar? La mayor parte de las veces nos ponemos en “lo peor”: que nos despidan, que se caiga un cliente importante, que nos muramos… Cuando la realidad es que lo que nos va a pasar es que nos caiga una reprimenda, que cometamos un error, que no lleguemos a tiempo para presentar un proyecto y por lo tanto, que haya consecuencias económicas para la organización que no tanto para ti. Si te ha pasado otras veces, ¿qué ocurrió después? Si sigues aquí puede que no sea tan grave como piensas.
  7. La experiencia adquirida y los recursos aprendidos son tus herramientas para avanzar. Plantéate lo que sí puedes hacer. ¿Qué está en tu mano? Quizá no todo lo puedas resolver tú, pero sí que podrías plantearte con quien contar, a quién preguntar o a quién solicitar algo que te sea necesario.
  8. ¿Qué tiene de bueno esta nueva situación? Si no hubieras pasado por el punto anterior, tu respuesta probablemente sería: “no tiene nada bueno”. Pero como ya estás valorando lo que sí puedes hacer, tu manera de ver lo sucedido es diferente. Quizá se planteen nuevas oportunidades que de otra forma no se hubieran abierto. Puede que descubras fortalezas tuyas que ignorabas e incluso te sorprendas por tu actitud. ¿Para qué ha venido esta situación a tu vida? ¿Qué has de aprender de ella o de ti?
  9. Practica la resiliencia. Si piensas que puedes recuperarte, ese optimismo te ayudará a llevarlo mejor. Tu disposición es diferente y más positiva. Estás ya preparado para valorar alternativas con proyección de futuro. Además, esto debería ser una constante en tu vida que te va a servir para entrenarte y para afrontar cualquier revés que te dé la vida.
  10. Ponte en modo soluciones. Ahora ya toca tomar decisiones. ¿Qué vas a hacer? Organízate. Cree que puedes y ponte en acción. Pasamos del dicho al hecho. Toca demostrar de lo que somos capaces. Y si la solución es la aceptación, también has de hacer lo mismo. Que se note que lo aceptas.
  11. Respira otra vez y reconócete. ¿Cómo te sientes? Date cuenta de cómo empezó el proceso y cómo estás ahora. De cómo has respondido sin empeorar la situación. El reconocimiento debe también poner en valor las virtudes que posees, a las que has tenido que echar mano, para que el concepto que tienes de ti y tu autoestima crezcan. Celébralo con todos los partícipes de la solución también.
  12. Sigue adelante. Un bache no es el final del camino. Puede que hayas tenido que ir por otra vía imprevista, que el obstáculo haya costado más o menos superarse en este momento. Eso no es relevante, lo importante es que ya pasó. La vida continúa.

No siempre podemos anticiparnos a todos los imprevistos, ni podemos tener todo súper controlado. Las malas noticias nos llegan, igual que las buenas. Así que aprendamos a gestionarlas de la mejor manera posible para nosotros y para quienes nos rodean. Nuestra actitud va a marcar la diferencia. La buena noticia, es que se puede entrenar. ¿Quieres probar?

Levántate y sigue adelante tras cada caída. El éxito está detrás del error siempre que aprendas de él. Por eso, ¿qué vas a hacer para superar las malas noticias?

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

22 junio, 2021

No nos gustan los “jefes”, queremos líderes que nos inspiren. ¿Cuántas veces has pensado o dicho algo similar? A menudo leemos eso de jefe = malo, líder = bueno. ¿De verdad crees que es así? 

Un poco de historia...

Hagamos un poco de historia. Hace unos años, en la época de nuestros abuelos, al trabajo se iba a trabajar. Trabajar era una necesidad. Eran tiempos de guerra y de postguerra en los que, a mayor producción, mayores beneficios. Tiempos en los que cuanto más horas pasaras en un mismo puesto de trabajo, se suponía que conseguías mayores resultados. Los responsables de los equipos (para quitar la etiqueta de jefes o líderes) al nivel que fuera, supervisaban que el trabajo estuviera bien hecho, porque lo que salía mal, suponía pérdidas. Se enseñaba a hacer la labor y listo. Lo único realmente importante era lo que podías hacer, el trabajo que podías sacar adelante. 

La siguiente generación ha visto en casa esa forma de trabajar, con esfuerzo y dedicación. Eso los ha llevado a seguir trabajando para vivir, pero en un tiempo de menos necesidad, se podían sentir menos esclavos del trabajo, podían elegir mejor sus opciones y lugares en los que trabajar. Seguían enfocados en el trabajo que sacaban, pero ya se permitían mantener relaciones laborales, estar más distendidos… 

Nuestra generación llegó en tiempos en los que las personas no son números, son personas que trabajan a diario para alguien, para ofrecer un producto o servicio. Han visto el tiempo que dedican sus mayores al trabajo y eso les hace pensar que el trabajo hace perderte la vida. Así llegan a conclusiones de que no quieren vivir para trabajar, sino que quieren también disfrutar. En este sentido, se empieza a plantear que las personas son importantes, se empieza a hablar de la felicidad en el trabajo, de que te guste lo que haces para que así el esfuerzo de “estar trabajando” sea más llevadero.

Entre las generaciones del siglo XXI está habiendo mucha diversidad. Desde los famosos ni-ni (ni estudias, ni trabajas porque te mantiene tu familia) hasta los que han vivido las crisis en las que, aunque querían trabajar, no había dónde. Se pide experiencia, se piden titulaciones y cuando las tienes estás sobrecualificado. El mundo es un lugar en el que trabajar, no solo una ciudad. Y han dado la vuelta al tema, ahora son ellos los que eligen a las empresas en las que trabajar, salvo que tengan necesidad. Por tanto, elegirán las empresas que ofrezcan el puesto que les resulte interesante (eso es lo mínimo) y que, además, tengan los mejores “extras”, las que cuiden mejor de sus equipos, las que ofrezcan posibilidades que les apetezcan como trabajar desde donde quieran (home office), horarios flexibles, estabilidad laboral, salarios acordes a lo que consideran justo, etc. La experiencia del empleado marca la diferencia

Funciones relacionadas con la dirección y el liderazgo de equipos

¿Quién dentro de la empresa es el encargado de facilitar todo esto a las nuevas generaciones? ¿Quién es en el día a día el facilitador para que se consiga una buena experiencia de los trabajadores? ¿Quién ha de estar pendiente de sus equipos sin agobiarles ni presionarles? Sí, sí, ¡el responsable directo! 

Dicho esto, vamos a ver qué tareas realiza este responsable directo o debería realizar:

Funciones de la dirección de equipos:

  • Crear el equipo comenzando por saber cuántas personas necesita para poder hacer el trabajo y seleccionarlas adecuadamente.
  • Organizar el trabajo y evaluar los puestos de su gente.
  • Dar foco al equipo, señalando los objetivos, lo que se espera, lo que hay que lograr.
  • Asegurarse de que todos saben hacer su trabajo y hacerle seguimiento.
  • Optimizar procesos, conociendo las cargas de trabajo de cada puesto.
  • Planificar tareas.
  • Evaluar resultados.
  • Gestión de presupuesto que tenga el equipo.
  • Coordinar tareas y personas, para evitar duplicidades.
  • Aprovechar los recursos al máximo y abastecer al equipo de los necesarios para su trabajo.
  • Eliminar obstáculos.
  • Valoración de alternativas, ideas, propuestas de mejora, de innovación, de automatización.
  • Tomar las decisiones más beneficiosas para obtener los resultados exigidos.
  • Filosofía de hacer-hacer.
  • Otorgar responsabilidades.
  • Buscar la máxima eficiencia y eficacia en el trabajo, tanto en el rendimiento como en el desempeño.
  • Análisis de la productividad.
  • Determinación de indicadores clave y su seguimiento.
  • Asumir el rol que ha de desempeñar dentro de la organización, conociendo y ejecutando el papel que ha de desempeñar.
  • Gestión del cambio.
  • Mantener informado al equipo de lo que sea relevante para ellos.
  • Formación de los equipos.
  • Promoción de personas con potencial. 

En definitiva, orientación a resultados.

Funciones del liderazgo de equipos

  • Fomentar la felicidad en el trabajo.
  • Comunicar con base en la escucha, la empatía, la comprensión…
  • Inspirar al equipo hacia el logro de los objetivos y a dar lo mejor de sí mismos.
  • Movilizar el cambio.
  • Promueve ideas y genera seguidores de éstas.
  • Acompañar a las personas en sus inquietudes y en sus progresos. 
  • Ponen en valor a las personas y el trabajo que desempeñan, con reconocimiento.
  • Motivar a los equipos.
  • Interesarse por el equilibrio entre el área personal y el profesional de cada trabajador, ayudando a conciliar.
  • Conocer y preocuparse por las personas.
  • Favorecer que la empresa resulte un buen lugar en el que trabajar.
  • Prestar el tiempo necesario a cada miembro del equipo.
  • Cuidar la gestión emocional propia y saber detectar y canalizar la emocionalidad de los miembros del equipo, así como del equipo en su conjunto.
  • Tener una visión de dónde se quiere llegar para hacer soñar a los demás con ella.
  • Dar sentido al trabajo.
  • Fomentar la colaboración entre personas.
  • Mostrar iniciativa en situaciones difíciles.
  • Ser ejemplo de adaptabilidad.
  • Transmitir la filosofía y valores de la empresa.
  • Mostrar y fomentar la capacidad de aprendizaje continuo.
  • Orientarse al servicio de los miembros del equipo. Ser facilitador.
  • Asesorar al equipo para darle apoyo cuando lo necesiten.
  • Generar vínculos de confianza entre los miembros del equipo.
  • Crear espacios de atención a las personas.
  • Involucrar a los miembros del equipo en las distintas tareas.
  • Ser coherente, consecuente y persistente para generar confianza entre los miembros del equipo.
  • Premiar y celebrar los éxitos.
  • Animar y motivar a la mejora continua en los errores.
  • Sostener al equipo, mantenerlo unido, fuerte, colaborativo, receptivo, flexible y enfocado. 

En definitiva, orientación a las personas.

Equilibrio entre dirección y liderazgo

Los rasgos de personalidad del responsable del equipo van a afectar al estilo de dirección y de liderazgo de los mismos. Su comportamiento, en qué hacen hincapié, dónde ponen el foco, si en la orientación a las personas o en la orientación a la tarea, les va a hacer más líderes que directores, o más directores que líderes. 

El equilibrio entre dirección y liderazgo será la clave del éxito, porque una empresa funciona mejor cuando todos saben hacia dónde se dirigen, cuando están perfectamente organizados, cuando las tareas salen y salen bien, cuando las personas están capacitadas para hacer su trabajo y no se desperdician recursos. Y a la vez, cuando las personas que trabajan en ella tienen la sensación de ser importantes, de ser valoradas, saben que se les tiene en cuenta, tienen a una persona que es un ejemplo a seguir, que sabe motivar cuando es necesario y parar a escuchar cuando hace falta, median en los conflictos con sabiduría, inspiran a todos a hacer un mejor trabajo, con una comunicación fluida, constructiva y sin juicios. 

Aunque vengamos de modelos más orientados a la tarea es tiempo de sumar y hacer palpable, la orientación a las personas en las organizaciones. Que no quede solo en palabras o en carteles dentro de las oficinas, sino que se creen políticas y formas de actuación que lo demuestren. Y en momentos de crisis, es donde más se ve qué empresas de verdad ponen el foco en las personas y cuáles han vuelto a ponerlo solo en las tareas. ¿En cuál querrías trabajar tú?

Poner el foco en las personas ya no es una elección para las empresas, es una necesidad. La felicidad en el trabajo genera beneficios y atrae talento. Si no se hace, las empresas empezarán a perder talento, bajará el compromiso de las personas que se queden y por tanto, la productividad.   Hemos de cambiar el chip. ¡Se puede! ¿Qué vas a comenzar a hacer? ¿Por dónde vas a comenzar? ¿Es esa empresa el lugar donde quieres estar la mayor parte de tu día?

Y ahora que sabes que no es mala la dirección de equipos y que además, es necesaria la figura de la jefatura y su función, solo hemos de recordar poner el foco también en las personas y en la necesidad de dedicarles nuestro tiempo. Lo que la gente se lleva de los trabajos son las personas, no solo a nivel relacional sino también a nivel del buen recuerdo de esa persona con la que se trabajaba tan bien. El trabajo lo dejan ahí, fue lo que hicieron. La experiencia adquirida se pondrá en valor en la siguiente empresa. Así que, para que no se la lleven, hagamos lo posible por entender qué necesita esa persona para seguir en la empresa.

Sigamos al día en nuestras organizaciones. 

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Entramos en conflicto cuando nuestro corazón quiere una cosa, pero nuestro cerebro nos dice otra. También cuando estamos en desacuerdo con otra persona. Hay intereses contrapuestos que nos pueden llevar a una confrontación, emocional, verbal o incluso física, aunque estoy segura de que la principal causa por la que surgen los conflictos es la mala comunicación o la falta de ella, que suele empeorar la situación.

Cuando tenemos un conflicto con una persona, normalmente es por algo sobre lo que tenemos opiniones encontradas, opuestas o antagónicas. Y entonces comenzamos a discutir, que no argumentar, llegando a pasar del hecho en sí y a centrarnos en lo que “tú me has dicho”, “lo que no me has dicho”, tratando de que entiendas que “yo tengo razón” o de que veas las cosas como las veo yo. Quiero que cambies tu postura y aceptes que la mía es la correcta.

El conflicto desde el "yo gano-tú pierdes"

Como mi visión es “la buena”, la mayor parte de las veces no entendemos que el otro pueda tener una versión diferente y mucho menos igual de válida sobre el asunto. Desde mi postura yo solo suelo tener una opinión, me posiciono en una idea concreta de la cuál es difícil sacarme. Si creo que mi opinión es la cierta, ¿por qué voy a querer siquiera plantearme otras opciones?, ¿por qué voy a escucharte si no tienes razón (porque la tengo yo)? Con esta disposición ante el conflicto, voy a afrontarlo desde el “yo gano, tú pierdes” porque solo puedo ganar yo que soy quien tiene la verdad que tú no ves o no entiendes. Si el otro acepta nuestra postura, ha cedido en la suya con lo que ha perdido la discusión. Nos quedamos tranquilos y nos sentimos triunfadores. A veces, hasta con recochineo: ¿ves? ¿ves cómo tenía yo razón? 

Aunque Arthur Schopenhauer nos enseñe en sus libros el arte de tener siempre la razón, cuando es el otro el que tiene siempre la razón, ¿cómo nos quedamos si estamos continuamente sintiendo que perdemos, si estamos cediendo siempre nosotros? Lo más probable es que dejemos de entrar en discusiones, evitemos el conflicto o nuestra autoestima se vea mermada porque no nos valoran o no tienen en cuenta nuestra opinión.

La resolución más eficiente de los conflictos pasa por encima de tener o no razón, porque no se trata de ti o de mí, sino de pasar de un conflicto a un problema objetivo que tiene solución y que juntos podemos encontrarla.

¿Qué se requiere para salir de un conflicto?

  • Querer solucionarlo. No se resuelve solo. Dejarlo pasar funciona en un porcentaje muy pequeño de casos, aunque con el tiempo puede que nos demos cuenta que, aquello a lo que yo di en su día tanta importancia, ahora me parezca una anécdota. Normalmente solemos querer que una situación cambie, que un comportamiento cambie o que se nos comprenda. Para ello, hemos de ponerlo sobre la mesa, hemos de expresarlo. Piensa en qué consecuencias negativas puede tener no afrontarlo.
  • Hay diferentes puntos de vista porque cada persona tiene su propia forma de pensar. Tomar consciencia de que desde mi posición solo veré mi versión del asunto e igual que yo veo solo mi opción, el otro solo verá la suya con la misma sensación de ser una verdad verdadera. 
  • Querer conocer la verdad del otro para comprenderla. Si quiero llegar a un entendimiento, al menos he de escuchar con apertura y flexibilidad mental que haya otras ideas o posiciones diferentes a la mía. Necesito disposición y curiosidad para salir de mi verdad y acercarme a la postura del otro. 
  • Centrarnos en los hechos. El conflicto es subjetivo, lleva una interpretación personal asociado, cargada de suposiciones (creo que el otro lo hace por…, creo que está pensando…, me has hablado mal…, siempre te comportas así…) Hay tantas generalizaciones, resentimientos que se han sumado a los desencuentros pasados que ya de paso ponemos sobre la mesa, expectativas incumplidas que nos frustran o decepcionan... Por lo tanto, hemos de bajar lo sucedido a la realidad lo más que podamos y para ello hemos de centrarnos en los hechos que son obvios para ambas partes, irrefutables por parte de los dos. Si habíamos dejado a un lado el problema de base para enredarnos en nuestra discusión, así podremos recuperar la esencia del conflicto para poder afrontarla. Sin juicios. Solo con hechos.  
  • Dejar de ir contra el otro para ir con el otro a solucionar el problema. Como es un enfrentamiento, solemos estar en frente del otro, lo que nos pone en una posición de boxeadores cada uno en su rincón del ring. Si queremos de verdad salir del conflicto, hemos de dejar de estar en frente y ponernos al lado del otro para así tener una visión conjunta del problema. Os invito a hacerlo también físicamente.
  • El conflicto no es la persona. Puede que lo que haya dicho, lo que haya hecho, lo que piense, sea diferente a lo que yo creo, pero son sus actos, no es la persona en sí el conflicto. Por eso, si queremos mantener una relación futura con esa persona con la que estamos en conflicto, bien porque sea mi pareja, mi compañero de trabajo, mi jefe, mi amigo… entonces, suele ser más inteligente separar el problema de la persona. Aislar el hecho. No es “porque tú me has hecho sentir así”. No. Es “yo siento esto a consecuencia del hecho sucedido”. La persona no es que sea así, sino que se ha comportado de ese modo en ese momento dado y no me ha gustado. Nosotros también tenemos malos días.
  • Esperar el momento adecuado, en el que tengamos la capacidad para argumentar y escuchar. Cuando tenemos una intensidad emocional asociada al tema en cuestión muy elevada no tenemos capacidad de escuchar al otro. Estamos muy embebidos en nuestra emoción, en nuestro enfado, tristeza, miedo que nos impide tener respuestas adecuadas y que nos lleva a ser más reactivos. Desde ese estado es muy difícil llegar al entendimiento mutuo. Por eso, es mejor esperar, dejar que se enfríe un poco. De ahí que se diga que no tomemos decisiones importantes en caliente.
  • Plantearme quién es responsable de la situación. Qué parte de responsabilidad es del otro y qué parte de responsabilidad es mía. ¿Puedo hacer yo algo para cambiar la situación? ¿La he empeorado yo? Puedo haber sido yo quien ha saltado de forma impulsiva, quien ha sido exigente con el otro, quien ha utilizado malas formas al hablar, quien no ha asumido su error, quien ha criticado, quien ha querido imponerse, quien quiere controlar todo, quien está en queja continua, quien no sabe priorizar, quien no tiene claro lo que quiere, quien va a la contra por deporte, quien ralentiza todo un proceso por el perfeccionismo, quien actúa de forma poco comprometida o caótica, quien se deja llevar por los demás perdiendo su propio criterio… 
    • Te invito a que hagas una lista con todos tus comportamientos o actitudes negativas que tienes y trates de analizar qué provoca eso en los demás, e incluso, que pienses por qué lo haces.

Mantén una buena actitud

Dicen que lo que das, recibes, por lo que se cumple el dicho de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Sé educado, mantén una disposición al entendimiento, utiliza la empatía, la humildad y la compasión, no desdeñes las emociones de los demás solo porque no las compartas, utiliza feedback constructivo y, sobre todo, no añadas leña al fuego, sé consciente de tus respuestas para no empeorarlo.

Hablando, desde la serenidad, somos mucho más capaces de resolver juntos cualquier problema que se nos ponga por delante. 

Cuando ya estéis en modo soluciones ambas partes, podréis entrar en la búsqueda de alternativas de solución, en formas de cubrir los intereses mutuos, en negociaciones hasta llegar a las mejores decisiones, que suelen ser las que dejan a los dos con la sensación de ganar-ganar.

¡Mucho ánimo! Ah, recuerda, si tú solo no puedes resolverlo, siempre puedes acudir a un mediador neutral que os ayude a acercar posiciones y que facilite el diálogo.

Aprende a resolver conflictos y no irte a la cama con ellos. Tu paz interior será la clave para saber que el conflicto está resuelto adecuadamente.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Muchas veces vamos comentando todo lo que nos ocurre desde nuestra mente, con nuestras opiniones, pensamientos y relatando hechos, actuaciones como las hayamos interpretado… O vivimos la vida a través de nuestras emociones, según nos sintamos en cada situación. Y el cuerpo, ¿qué pasa con la parte física del ser humano?

Para los preocupados por su imagen el cuerpo será siempre un punto sobre el que poner el foco. No conozco a nadie que le guste su cuerpo tal cuál es y de ahí que muchas veces tratemos de cambiarlo o decidamos no mirarlo ni prestarle atención. ¿Qué es lo que piensas de tu cuerpo? ¿Qué relación tienes con él? ¿Cuánto respeto tienes a tu cuerpo?

Es posible que tengas ideas como que tu cuerpo es un mero mecanismo que te permite vivir tu vida. Tu cuerpo es un tesoro al que proteger. Quizás, has maltratado a tu cuerpo en ocasiones. Porque has pasado de lo que tu cuerpo te pedía hacer por lo que debías o querías. Tu cuerpo es un componente de ti, pero a veces, lo vemos, como disociado de tu mente o de tus emociones. Piensas que el cuerpo te lleva y te trae. Has exigido mucho a tu cuerpo o le has ignorado. ¿Alguna de estas afirmaciones te resuena?

Hay personas que son muy conocedoras de su cuerpo, que quizá como yo, hemos aprendido a prestarle atención, ya sea porque un día nos dio un susto o por necesidad, interés o por nuestro trabajo. 

Aunque no sea tu caso, es cierto que todos poseemos una sabiduría corporal que podemos decidir desarrollar, que nos permite detectar e interpretar señales que nuestro cuerpo nos lanza. Por ejemplo, para que veas que ya posees las bases para profundizar, seguro que sabes reconocer cuando tu cuerpo te dice que tienes hambre, frío o necesitas ir al baño. Y normalmente estos avisos tienen la función de cuidar de ti.  

Además, nuestro cuerpo en su recorrido desde que se formó hasta hoy ha ido incorporando información en todas y cada una de sus células sobre nuestras vivencias, experiencias y sensaciones de todo lo que ocurría a nuestro alrededor.

Estas vivencias vienen impregnadas de nuestra forma de entender el mundo. Es decir, que nuestros valores, nuestras creencias, nuestra cultura, nuestras experiencias, nuestros intereses, objetivos de vida, nuestra interpretación de lo que sucede… van a incidir en lo que se nos quede grabado, que va a ser, por tanto, absolutamente personal e intransferible. Por eso, suelo decir que a cada uno le duele lo suyo o como expone el dicho popular: “cada uno vive la feria como le va en ella”. 

Carl Rogers, investigador y terapeuta, realizó varios estudios sobre lo que llamó la tendencia actualizante, que viene a decir que todos los seres vivos y todas las personas tenemos una tendencia a la supervivencia, al crecimiento y a la autorrealización. 

Así que, podemos decir, que esas señales de nuestro cuerpo nos están haciendo conscientes de que hay algo que hemos de tener en cuenta, que hemos de revisar o abordar para nuestro mejor crecimiento y nuestro desarrollo personal o profesional, para nuestro beneficio. 

Ahora bien, si nuestro cuerpo, siempre va a buscar lo mejor para nosotros, hemos de procurar escucharlo y saber qué nos dice, o más bien, qué nos quiere decir con esas señales que nos va a enviar. ¿Cuál es ese mensaje que hay detrás tan interesante para nosotros? 

5 claves para entender a tu cuerpo

Para saber descifrar lo que nuestro cuerpo nos dice, hemos de comenzar por el principio: Ir entendiendo que nuestro cuerpo es nuestro mejor aliado y familiarizarnos con él.

  1. Conocer para reconocer: Puede que te guste más o menos tu cuerpo, pero sea como sea, es tu cuerpo, eres tú. Lejos de mirar a otro lado, ve descubriéndolo. Mírate, ¿cómo es tu mano?, ¿cuál es el color de tu piel?, ¿qué estructura tienes?, y profundiza, no te quedes solo en lo que se ve, ¿cómo está tu musculatura?, ¿tienes tensiones?, ¿y tus huesos?, ¿qué tal funciona tu tránsito intestinal?, ¿cómo entra el aire en tu cuerpo al respirar?, ¿cómo cambia tu cuerpo al cambiar de postura? Después, puedes comenzar a reconocer sensaciones más sensibles, como hormigueo en los brazos, palpitaciones, un nudo en el estómago… 
  2. Las emociones también nos pueden ayudar a llegar al cuerpo: De la misma forma que cambia nuestra expresión corporal y sobre todo facial cuando sentimos una emoción, si somos capaces de reconocer la emoción, podemos detectar dónde la está representando nuestro cuerpo o cómo la está viviendo. Puedes comenzar por saber la cara que pones cuando estás más enfado o preocupado, después, descubrir que cuando estás triste no tienes fuerzas o que cuando estás muy contento estás agitado. Además, puedes preguntarte dónde sientes la emoción y seguro que te darás cuenta de si es en los hombros, como un peso, o en la garganta o si estás apretando la mandíbula. 
  3. Hazte un escáner de reconocimiento: igual que pasas por el escáner en un aeropuerto, puedes comenzar tu día pasando tu escáner de toma de conciencia por tu cuerpo. Comienza por la cabeza y ve bajando hasta llegar a los pies. Es un reconocimiento de si todo está bien o tienes algo que te molesta. Si lo haces a diario, aprenderás a notar las diferencias con el día anterior. Te recuerdo que ya hay en ti cierta sabiduría, que puedes reconocer cuándo estás cansado que sería más físico, y también cuándo es barullo más mental o revuelto emocional. Aunque no sepas ponerle nombre sí es bueno comenzar por detectar. 
  4. Comienza a relacionar mente, emociones y cuerpo. Una vez que conoces cómo funcionas, podrás empezar a reconocer qué estás pensando. Técnicas como el mindfulness te pueden ayudar. Cuando piensas que “no te da la vida”, tu emoción puede ser de agobio y tu cuerpo puede reaccionar con dificultad respiratoria, te pueden temblar los brazos, etc. 
  5. Descubre técnicas que nos ayudan a encontrar interpretaciones más precisas. Existen diferentes técnicas de autoconocimiento y desarrollo personal que nos facilitan el reconocimiento de las señales y a ajustar o saber desenmascarar lo que todos los mensajes del cuerpo nos están queriendo indicar. Los descubrimientos que tengamos nos van a dar pistas sobre los siguientes pasos a dar, por ejemplo, en una toma de decisiones, sobre cómo actuar ante una relación con otra persona o sobre qué hacer para quedarte más tranquilo. Te dejo algunas de ellas:
    • Relajación para poder parar a escuchar.
    • Focusing.
    • Bioenergética.
    • Gestalt.
    • Kinesiología.

Sea lo que sea que decidas hacer, recuerda siempre que tu cuerpo eres tú. Conocerlo te ayudará a quererte más y quizá, a descubrir toda la sabiduría que tiene guardada para ti. ¡Escúchalo!

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Ante tanto desánimo generalizado, ante el cansancio y las pérdidas, hemos de recordarnos que seguimos aquí, que podemos más de lo que pensamos o estamos viviendo en estos momentos, que tenemos una gran capacidad de aguante y que quien sobrevive es quien mejor se adapta.

Necesitamos recuperar la ilusión, volver a sonreír y en eso el buen tiempo nos va a ayudar un poco. Por eso, quiero dedicar este artículo a ayudarte a mirar al futuro, a mirar a tu interior y a sacar todo lo bueno que tienes y que aún está por venir.

Comencemos por una pregunta: ¿qué quieres?

Tener trabajo, tener mejores condiciones de trabajo, tener más dinero, poder salir y relacionarte con los demás de una forma más natural, sin miedo. Quieres poder darte una alegría, un regalo, hacer algo extraordinario que te saque una sonrisa o rompa tu rutina. Quieres volver a enamorarte, estar más cerca de tus seres queridos. Quieres estar tranquilo o tranquila, sin tantas preocupaciones.

Una herramienta que te puede ayudar es hacer un collage con recortes de revistas o dibujos, o con fotos que puedas componer si lo haces en el ordenador. Coge ese collage y póntelo en un lugar que puedas ver cada mañana, para recordarte que eso es algo que quieres para tu vida.

Y qué pasa si: ¡lo quiero todo! Si es así, prioriza. ¿Qué es lo más importante en este momento para ti?

Elige y define claramente tu objetivo. Recuerda que si no está bien definido puedes desmotivarte incluso antes de empezar. Así que dedícale un tiempo y asegúrate que cumple nuestra regla SMAERT-e.

Visualízate consiguiendo tu objetivo.

Suéñalo. Escucha y siente lo que supondría conseguirlo. Cómo te ves, cómo te oyes hablar, cómo te comportas, cómo vives al haberlo conseguido. Y respira profundamente varias veces acordándote de esa imagen. Si conoces la técnica de PNL (Programación neurolingüística) para generar anclas, utilízala. Solo tienes que tocar una parte de tu cuerpo (por ejemplo, cogerte la muñeca o la barbilla) con una fuerza determinada, firme y suave a la vez, justo en el momento en el que estés sintiendo la máxima intensidad de tu emoción del logro de lo que te has propuesto. Y de vez en cuando vuelve a tocar ese punto de esa forma en concreto para mantener activo el anclaje y, por tanto, la sensación que ahí te has guardado, para que te la recuerdes y te ayude a continuar hacia el objetivo.

Si has llegado hasta aquí, ya habrás podido reconocer que hay algo por hacer más allá de hoy. Eso es lo mínimo necesario para seguir adelante. Así que ¡felicidades!

Valora tus fortalezas

Ahora, necesitas recordarte todo lo que hay en ti, tus fortalezas, lo aprendido. Para ello, haz una lista con todos tus logros tanto personales como profesionales, por pequeños que creas que son. Desde cuando a pesar de tu miedo afrontaste aquella conversación difícil y obtuviste un resultado mejor incluso de lo esperado, o cuando fuiste capaz de responder por encima de las expectativas, cuando conseguiste aquel trabajo, cuando decidiste pensar un poco más en ti y dedicarte tu propio tiempo, cuando conseguiste ese cliente, terminar aquel proyecto, tener un hijo, superar una pérdida y seguir adelante. Estoy segura que tienes mucho mucho que poner en la lista.

En esa historia de logros, seguro que has recogido aprendizajes importantes. Son como mantras o recursos mentales que te ayudaron y te reconociste a ti mismo/a. Por ejemplo, de aquel encuentro con esa persona a la que temías aprendiste que los demás son personas igual que tú, aunque tengan posiciones o roles diferentes al tuyo. O de aquel proyecto que tantas preocupaciones te dio, aprendiste que, con esfuerzo y tesón, con el apoyo y colaboración de todos, se puede lograr mucho más. En aquella pérdida aprendiste que había mucha gente a tu lado en la que apoyarte y que te querían, que no estabas solo. Piensa en todos esos aprendizajes que has ido adquiriendo en tu vida, que te han ido haciendo crecer y creer que se puede.

Recoge esas herramientas adquiridas y ahora plantéate cómo aplicarlas para el logro del objetivo que te propones ahora. ¿En qué te puede apoyar? ¿Con quién puedes contar? ¿Dónde puedes acudir?

Si solo ves el punto negro, pide ayuda para poder tomar distancia, para que el otro te aporte una nueva perspectiva, permítete mirar hacia otros lados que no sean el punto negro para darte cuenta de que hay más opciones. Habla de ello, desahógate, plantea el problema y escucha las respuestas. Después evalúa si te encajan a ti, porque los demás no son tú, pero sí tienen ideas que quizá en este momento a ti no te salgan de forma natural.

Si es un tema laboral, también se puede hablar. Dejarlo pasar no suele arreglarlo. Cuando sientes que pierdes continuamente, al final acabarás pasando de todo, haciendo peor tu trabajo o entrarás en depresión. Así que, actúa. Habla con quien sea necesario. Pide lo que deseas. El no ya lo tienes, ¿y si consigues algo mejor que un no? No lo sabrás si no lo intentas. Pero para pedir eso que deseas, has de prepararte bien. Con buenos argumentos, con objetividad, poniéndote en valor con resultados y hechos. Recuerda que siempre tenemos otra opción, aunque nos de miedo.

Anímate con frases motivadoras. Elige un mantra y entrena a tu cerebro en ella. Siempre en infinitivo, en presente. Por ejemplo, cada día estoy mejor, cada día estoy más cerca de conseguir lo que deseo, voy a lograrlo, puedo conseguirlo, estoy más ágil, sigo estando en forma…

Elige cada día algo que te haga sonreír. Si te has pasado el día enfadado, agobiado, preocupado, llevas muchas horas de entrenamiento de tu cuerpo y cerebro en esa tónica. Por eso, has de compensar o equilibrar un poco toda esa nube de ruido mental. Elige acciones que te generen bienestar, que te den serenidad, que te hagan reír aunque sea a base de chistes o de ese programa que te gusta de la televisión. Algo que te haga olvidar lo anterior y te lleve a pensamientos y emociones más agradables.

Recuérdate por qué deseas lo que deseas. Puedes movilizarte huyendo del dolor o acercándote al placer. Así que, si lo que deseas te da placer, tenlo en mente para que en cada decisión, en cada acción, en cada comportamiento, avances hacia el logro de tu objetivo.

Si necesitas ayuda para avanzar, si necesitas algún recurso que no tienes, lo más importante es reconocerlo, hacerte consciente y luego, enfocarte en conseguirlo.

Nadie dijo que reilusionarse fuera a ser inmediato. Solo hay que permitirse volver a creer, querer algo que puede darse en el futuro, y las fuerzas, las irás ganando poco a poco. Tú puedes. ¡Mucho ánimo!

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills