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Vemos y leemos historias de éxito cada día. Valoramos a aquellos que logran lo que otros apenas se atreven a soñar. Como Carlos Maldonado, que pasó de deambular por diferentes profesiones hasta convertirse, hoy en día, en uno de los chefs revelación con diversos premios en su haber. O como el británico James Arthur que precisamente se hizo mundialmente popular tras ganar el concurso Factor X con la canción Impossible.   

Pero ¿hay que pasar por un concurso de televisión para lograr el éxito? Lo cierto es que no. Tenemos muchos otros ejemplos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que lograr lo que nos proponemos es una cualidad humana y que la podemos observar en la propia naturaleza.

Si te paras a pensar en las cosas que a lo largo de tu vida te has propuesto ¿cuántas has logrado? Seguro que muchas por no decir todas. Y si no lo has logrado, ¿estás aún a tiempo? Igual que personas mayores pueden volver a la universidad, la mayor parte de los grandes genios alcanzaron el éxito con edades superiores a los 40 años.

En la naturaleza encontramos muchos ejemplos de superación de dificultades.

Por otra parte, si ya no ha lugar, el tren pasó, ¿hiciste todo lo que estaba en tu mano? Lo importante es que no te quedes con la sensación de que podías haber hecho más, que te arrepientas por no haber intentado algo, por pensar que no era el momento, por no molestar, por educación, porque no era políticamente correcto, etc. Cuando el corazón y el cuerpo nos dicen “hazlo” no podemos obviarlo. Eso sí, siempre con respeto a nosotros mismos y a los demás como máxima. 

A veces da vértigo y otras veces el miedo nos frena. Sin embargo, donde hay miedo, por ahí está el camino, porque no es lo mismo miedo con mariposas en el estómago que rechazo, que te indica claramente que no es por ahí. 

8 claves para hacer posible lo imposible

  1. Escucha a tu cuerpo y a tus emociones. Como ya te he compartido, nuestro cuerpo, como el de todos los seres vivos está creado para la supervivencia y es nuestro aliado. Igual que en la foto de este arbusto, va a buscar la forma de lograr sus metas, lo que nadie dijo que fuese fácil. Sin embargo, si escuchamos a nuestro cuerpo y estamos atentos a nuestras emociones, tendremos muchas más posibilidades de acertar en nuestras decisiones. 
  2. Ilusión. Soñar en grande. No te olvides de seguir mirando al mundo como un mar de oportunidades. A veces está revuelto, pero a veces, está cristalino. Cada sueño nos lleva a anhelar aquello con ilusión. Recuerda cómo esperan los niños a los Reyes Magos, o cómo estás antes de pedir salir a la persona que te gusta, o cómo te sientes cuando estás esperando esa última nota que te permite continuar tu desarrollo profesional o personal… Recuerda los momentos en los que te has ilusionado en tu vida, trae de nuevo esa sensación a este momento, revívela y ahora, piensa en lo siguiente que te gustaría lograr.
  3. Póntelo como objetivo. Hemos de bajar a la realidad esos sueños, hacerlos tangibles. ¿Cómo se materializa eso que quieres? Empieza a trazar el mapa de tu recorrido hasta llegar a eso que quieres. ¿Por qué no? 
  4. Confía en ti. "Tanto si crees que puedes hacerlo como si no, en los dos casos tienes razón" que decía Henry Ford. Por eso, ya que te pones a pensar, elige creer que se puede. Al menos así tendrás más posibilidades de conseguirlo. Lo que te dices y cómo te lo dices importa, porque te potencia o te limita. ¿Qué prefieres?  
  5. Actitud. Dicen que los enfermos de cáncer que mejor responden a los tratamientos, que antes evolucionan, son aquellos que tienen una actitud de superación. La actitud, el humor y el optimismo marcan la diferencia entre unas personas y otras. Incluso la certeza o determinación de que son capaces, de que pueden lograrlo, van a ser clave del éxito.
  6. Acción. Nada se consigue si no lo pones en marcha, si no haces algo al respecto. Por eso, da los primeros pasos, organízate. Tu futuro se está creando desde ya. Comienza a vivir como si ya lo hubieras logrado. ¿Cómo te comportarías si ya tuvieras eso que sueñas? ¿Cómo hablarías, qué harías, qué sentirías, qué pensarías? Permítetelo. Es como cuando nos poníamos los zapatos de tacón de nuestras madres cuando éramos pequeñas o nos sentábamos al volante cuando no llegábamos ni a los pedales. Eso marca la diferencia y mantiene vivo el sueño. Comienza el camino.   
  7. Perseverancia. Ante el bache, sigue adelante. Thomas Edison falló cientos de veces antes de conseguir crear la bombilla incandescente. Y cuando un periodista le preguntó si no tuvo ganas de tirar la toalla con tantos fracasos, él respondió: “¿Fracasos? No sé de qué hablas. En cada intento aprendí el motivo por el cual una bombilla no funciona”. Y aunque te plantees más de una vez por qué sigues ahí, recuerda por qué empezó todo y hazte consciente de que obstáculos habrá porque si no, no aprenderíamos, no perfeccionaríamos nada, no creceríamos como personas ni como profesionales. Es una cuestión de madurez que nos hace más sabios para seguir saltando vallas.
  8. Elige tus compañeros de viaje. No estás solo. Cuando pensamos que algo es imposible solemos caer en la sensación de soledad. Pero la realidad no es esa. Nos podemos sorprender cómo de forma más visible o de forma más anónima podemos encontrar manos a las que agarrarnos. Apoyo e incluso cariño. Déjate sorprender por las personas que te rodean. Hay muchas personas maravillosas ahí fuera.

Por eso, lograr imposibles es algo que podemos hacer si creemos en ello porque si de verdad lo deseamos, buscaremos las infinitas vueltas para lograrlo. A veces, habrá paradas en el tiempo, momentos de frustración o de cansancio, incluso de tristeza si se da el caso. Sin embargo, esa chispa que se ve en nuestros ojos cuando soñamos, esa sonrisa plácida de nuestro rostro cuando pensamos en eso que nos gustaría, nos invitan a seguir adelante. Porque la vida, solo tiene un sentido: adelante. Sigue soñando.

Y recuerda siempre los altos en el camino a conseguir lo que quieres. Los obstáculos son meros focos para que te replantees si lo que estás intentando lograr es de verdad lo suficientemente importante para ti.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

¿Qué haces cuando recibes malas noticias? ¿Cómo reaccionas? ¿Te quedas amargado, preocupado durante todo el día sin poder pensar en nada más?

La gestión emocional equilibrada

Las malas noticias pueden asustarnos, pueden generarnos tristeza, pueden enfadarnos… Todas son emociones que tienen su propia forma de gestión. Lo que nos digamos al respecto, nuestros pensamientos, también incrementarán el grado de estas emociones, normalmente intensificándolas, porque ante las malas noticias no siempre nos sale el “no será para tanto” o “va a ir todo bien” de primeras.

Si bien es cierto que hay algunas personas que parecen más tranquilas ante las situaciones que les desequilibran, no siempre están tan impasibles como parece. La procesión se lleva por dentro.

Desde luego, las personas que admiro son las que tienen una maravillosa gestión emocional y saben regular su miedo, su tristeza o enfado, permitiéndoselo vivir, pero con una serenidad admirable y de forma más equilibrada. Por supuesto, no es algo que hayan logrado en un día. Requiere de práctica. Por ejemplo, la persona más feliz del mundo ante el retraso de cerca de una hora de otros con los que había quedado (a desesperación de esos otros por el “feo” que esto suponía), simplemente decía: “no pasa nada, tendría que ser así”.

Consejos para aprender a recibir malas noticias

Puede que confiemos en que el Universo nos pone pruebas o baches de los que aprender. Pero si no crees en ello, quiero compartirte algunas de las cosas que yo he ido aprendiendo y trato de practicar para asimilar las malas noticias:

  1. Respiraaaaaaaaaaa. Es algo difícil de hacer cuando estás muy enfadado, pero si lo consigues haces parar los pensamientos automáticos, lo que es muy importante para cambiar el curso de la situación. Por supuesto, es necesario hacerlo con consciencia.
  2. Pregúntate: ¿Es necesaria mi respuesta ahora mismo? No es lo mismo responder que reaccionar. Por eso necesitamos algo más de tiempo y serenidad.
  3. Pregúntate: ¿Estoy capacitado para responder en este momento? Si la respuesta es sí, entonces ya sabes lo que has de hacer, porque cuando puedes responder, es porque tienes la capacidad de análisis, porque has escuchado a tu cuerpo sabiendo que la decisión es la correcta y porque tienes las posibles opciones y soluciones a tu alcance o sabes cómo dar el siguiente paso, al menos.
  4. Cuando no te sientes capacitado para responder, sal del escenario donde se produjo la mala noticia. Puedes ir al baño, salir para que te dé el aire… suele ayudar a desconectar, cambiar de sitio nos ofrece distancia simbólica con el tema en cuestión.Todo esto has de hacerlo manteniendo la compostura y la educación. Si sigues estos pasos, es más fácil que puedas manejar tus emociones, así que practícalos.
  5. ¿Qué estás pensando? Hazte consciente de tus pensamientos. Será la mejor forma de poder cambiarlos y de observar lo que provocan en ti. También te podrás dar cuenta de lo objetivo que estás siendo con la situación. Céntrate en los hechos para poder separar el problema del mensajero, para evitar sacar culpables o mostrarte irracional y para poder buscar posibles soluciones.
  6. Pregúntate: ¿Qué es lo peor que puede pasar? La mayor parte de las veces nos ponemos en “lo peor”: que nos despidan, que se caiga un cliente importante, que nos muramos… Cuando la realidad es que lo que nos va a pasar es que nos caiga una reprimenda, que cometamos un error, que no lleguemos a tiempo para presentar un proyecto y por lo tanto, que haya consecuencias económicas para la organización que no tanto para ti. Si te ha pasado otras veces, ¿qué ocurrió después? Si sigues aquí puede que no sea tan grave como piensas.
  7. La experiencia adquirida y los recursos aprendidos son tus herramientas para avanzar. Plantéate lo que sí puedes hacer. ¿Qué está en tu mano? Quizá no todo lo puedas resolver tú, pero sí que podrías plantearte con quien contar, a quién preguntar o a quién solicitar algo que te sea necesario.
  8. ¿Qué tiene de bueno esta nueva situación? Si no hubieras pasado por el punto anterior, tu respuesta probablemente sería: “no tiene nada bueno”. Pero como ya estás valorando lo que sí puedes hacer, tu manera de ver lo sucedido es diferente. Quizá se planteen nuevas oportunidades que de otra forma no se hubieran abierto. Puede que descubras fortalezas tuyas que ignorabas e incluso te sorprendas por tu actitud. ¿Para qué ha venido esta situación a tu vida? ¿Qué has de aprender de ella o de ti?
  9. Practica la resiliencia. Si piensas que puedes recuperarte, ese optimismo te ayudará a llevarlo mejor. Tu disposición es diferente y más positiva. Estás ya preparado para valorar alternativas con proyección de futuro. Además, esto debería ser una constante en tu vida que te va a servir para entrenarte y para afrontar cualquier revés que te dé la vida.
  10. Ponte en modo soluciones. Ahora ya toca tomar decisiones. ¿Qué vas a hacer? Organízate. Cree que puedes y ponte en acción. Pasamos del dicho al hecho. Toca demostrar de lo que somos capaces. Y si la solución es la aceptación, también has de hacer lo mismo. Que se note que lo aceptas.
  11. Respira otra vez y reconócete. ¿Cómo te sientes? Date cuenta de cómo empezó el proceso y cómo estás ahora. De cómo has respondido sin empeorar la situación. El reconocimiento debe también poner en valor las virtudes que posees, a las que has tenido que echar mano, para que el concepto que tienes de ti y tu autoestima crezcan. Celébralo con todos los partícipes de la solución también.
  12. Sigue adelante. Un bache no es el final del camino. Puede que hayas tenido que ir por otra vía imprevista, que el obstáculo haya costado más o menos superarse en este momento. Eso no es relevante, lo importante es que ya pasó. La vida continúa.

No siempre podemos anticiparnos a todos los imprevistos, ni podemos tener todo súper controlado. Las malas noticias nos llegan, igual que las buenas. Así que aprendamos a gestionarlas de la mejor manera posible para nosotros y para quienes nos rodean. Nuestra actitud va a marcar la diferencia. La buena noticia, es que se puede entrenar. ¿Quieres probar?

Levántate y sigue adelante tras cada caída. El éxito está detrás del error siempre que aprendas de él. Por eso, ¿qué vas a hacer para superar las malas noticias?

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

22 junio, 2021

No nos gustan los “jefes”, queremos líderes que nos inspiren. ¿Cuántas veces has pensado o dicho algo similar? A menudo leemos eso de jefe = malo, líder = bueno. ¿De verdad crees que es así? 

Un poco de historia...

Hagamos un poco de historia. Hace unos años, en la época de nuestros abuelos, al trabajo se iba a trabajar. Trabajar era una necesidad. Eran tiempos de guerra y de postguerra en los que, a mayor producción, mayores beneficios. Tiempos en los que cuanto más horas pasaras en un mismo puesto de trabajo, se suponía que conseguías mayores resultados. Los responsables de los equipos (para quitar la etiqueta de jefes o líderes) al nivel que fuera, supervisaban que el trabajo estuviera bien hecho, porque lo que salía mal, suponía pérdidas. Se enseñaba a hacer la labor y listo. Lo único realmente importante era lo que podías hacer, el trabajo que podías sacar adelante. 

La siguiente generación ha visto en casa esa forma de trabajar, con esfuerzo y dedicación. Eso los ha llevado a seguir trabajando para vivir, pero en un tiempo de menos necesidad, se podían sentir menos esclavos del trabajo, podían elegir mejor sus opciones y lugares en los que trabajar. Seguían enfocados en el trabajo que sacaban, pero ya se permitían mantener relaciones laborales, estar más distendidos… 

Nuestra generación llegó en tiempos en los que las personas no son números, son personas que trabajan a diario para alguien, para ofrecer un producto o servicio. Han visto el tiempo que dedican sus mayores al trabajo y eso les hace pensar que el trabajo hace perderte la vida. Así llegan a conclusiones de que no quieren vivir para trabajar, sino que quieren también disfrutar. En este sentido, se empieza a plantear que las personas son importantes, se empieza a hablar de la felicidad en el trabajo, de que te guste lo que haces para que así el esfuerzo de “estar trabajando” sea más llevadero.

Entre las generaciones del siglo XXI está habiendo mucha diversidad. Desde los famosos ni-ni (ni estudias, ni trabajas porque te mantiene tu familia) hasta los que han vivido las crisis en las que, aunque querían trabajar, no había dónde. Se pide experiencia, se piden titulaciones y cuando las tienes estás sobrecualificado. El mundo es un lugar en el que trabajar, no solo una ciudad. Y han dado la vuelta al tema, ahora son ellos los que eligen a las empresas en las que trabajar, salvo que tengan necesidad. Por tanto, elegirán las empresas que ofrezcan el puesto que les resulte interesante (eso es lo mínimo) y que, además, tengan los mejores “extras”, las que cuiden mejor de sus equipos, las que ofrezcan posibilidades que les apetezcan como trabajar desde donde quieran (home office), horarios flexibles, estabilidad laboral, salarios acordes a lo que consideran justo, etc. La experiencia del empleado marca la diferencia

Funciones relacionadas con la dirección y el liderazgo de equipos

¿Quién dentro de la empresa es el encargado de facilitar todo esto a las nuevas generaciones? ¿Quién es en el día a día el facilitador para que se consiga una buena experiencia de los trabajadores? ¿Quién ha de estar pendiente de sus equipos sin agobiarles ni presionarles? Sí, sí, ¡el responsable directo! 

Dicho esto, vamos a ver qué tareas realiza este responsable directo o debería realizar:

Funciones de la dirección de equipos:

  • Crear el equipo comenzando por saber cuántas personas necesita para poder hacer el trabajo y seleccionarlas adecuadamente.
  • Organizar el trabajo y evaluar los puestos de su gente.
  • Dar foco al equipo, señalando los objetivos, lo que se espera, lo que hay que lograr.
  • Asegurarse de que todos saben hacer su trabajo y hacerle seguimiento.
  • Optimizar procesos, conociendo las cargas de trabajo de cada puesto.
  • Planificar tareas.
  • Evaluar resultados.
  • Gestión de presupuesto que tenga el equipo.
  • Coordinar tareas y personas, para evitar duplicidades.
  • Aprovechar los recursos al máximo y abastecer al equipo de los necesarios para su trabajo.
  • Eliminar obstáculos.
  • Valoración de alternativas, ideas, propuestas de mejora, de innovación, de automatización.
  • Tomar las decisiones más beneficiosas para obtener los resultados exigidos.
  • Filosofía de hacer-hacer.
  • Otorgar responsabilidades.
  • Buscar la máxima eficiencia y eficacia en el trabajo, tanto en el rendimiento como en el desempeño.
  • Análisis de la productividad.
  • Determinación de indicadores clave y su seguimiento.
  • Asumir el rol que ha de desempeñar dentro de la organización, conociendo y ejecutando el papel que ha de desempeñar.
  • Gestión del cambio.
  • Mantener informado al equipo de lo que sea relevante para ellos.
  • Formación de los equipos.
  • Promoción de personas con potencial. 

En definitiva, orientación a resultados.

Funciones del liderazgo de equipos

  • Fomentar la felicidad en el trabajo.
  • Comunicar con base en la escucha, la empatía, la comprensión…
  • Inspirar al equipo hacia el logro de los objetivos y a dar lo mejor de sí mismos.
  • Movilizar el cambio.
  • Promueve ideas y genera seguidores de éstas.
  • Acompañar a las personas en sus inquietudes y en sus progresos. 
  • Ponen en valor a las personas y el trabajo que desempeñan, con reconocimiento.
  • Motivar a los equipos.
  • Interesarse por el equilibrio entre el área personal y el profesional de cada trabajador, ayudando a conciliar.
  • Conocer y preocuparse por las personas.
  • Favorecer que la empresa resulte un buen lugar en el que trabajar.
  • Prestar el tiempo necesario a cada miembro del equipo.
  • Cuidar la gestión emocional propia y saber detectar y canalizar la emocionalidad de los miembros del equipo, así como del equipo en su conjunto.
  • Tener una visión de dónde se quiere llegar para hacer soñar a los demás con ella.
  • Dar sentido al trabajo.
  • Fomentar la colaboración entre personas.
  • Mostrar iniciativa en situaciones difíciles.
  • Ser ejemplo de adaptabilidad.
  • Transmitir la filosofía y valores de la empresa.
  • Mostrar y fomentar la capacidad de aprendizaje continuo.
  • Orientarse al servicio de los miembros del equipo. Ser facilitador.
  • Asesorar al equipo para darle apoyo cuando lo necesiten.
  • Generar vínculos de confianza entre los miembros del equipo.
  • Crear espacios de atención a las personas.
  • Involucrar a los miembros del equipo en las distintas tareas.
  • Ser coherente, consecuente y persistente para generar confianza entre los miembros del equipo.
  • Premiar y celebrar los éxitos.
  • Animar y motivar a la mejora continua en los errores.
  • Sostener al equipo, mantenerlo unido, fuerte, colaborativo, receptivo, flexible y enfocado. 

En definitiva, orientación a las personas.

Equilibrio entre dirección y liderazgo

Los rasgos de personalidad del responsable del equipo van a afectar al estilo de dirección y de liderazgo de los mismos. Su comportamiento, en qué hacen hincapié, dónde ponen el foco, si en la orientación a las personas o en la orientación a la tarea, les va a hacer más líderes que directores, o más directores que líderes. 

El equilibrio entre dirección y liderazgo será la clave del éxito, porque una empresa funciona mejor cuando todos saben hacia dónde se dirigen, cuando están perfectamente organizados, cuando las tareas salen y salen bien, cuando las personas están capacitadas para hacer su trabajo y no se desperdician recursos. Y a la vez, cuando las personas que trabajan en ella tienen la sensación de ser importantes, de ser valoradas, saben que se les tiene en cuenta, tienen a una persona que es un ejemplo a seguir, que sabe motivar cuando es necesario y parar a escuchar cuando hace falta, median en los conflictos con sabiduría, inspiran a todos a hacer un mejor trabajo, con una comunicación fluida, constructiva y sin juicios. 

Aunque vengamos de modelos más orientados a la tarea es tiempo de sumar y hacer palpable, la orientación a las personas en las organizaciones. Que no quede solo en palabras o en carteles dentro de las oficinas, sino que se creen políticas y formas de actuación que lo demuestren. Y en momentos de crisis, es donde más se ve qué empresas de verdad ponen el foco en las personas y cuáles han vuelto a ponerlo solo en las tareas. ¿En cuál querrías trabajar tú?

Poner el foco en las personas ya no es una elección para las empresas, es una necesidad. La felicidad en el trabajo genera beneficios y atrae talento. Si no se hace, las empresas empezarán a perder talento, bajará el compromiso de las personas que se queden y por tanto, la productividad.   Hemos de cambiar el chip. ¡Se puede! ¿Qué vas a comenzar a hacer? ¿Por dónde vas a comenzar? ¿Es esa empresa el lugar donde quieres estar la mayor parte de tu día?

Y ahora que sabes que no es mala la dirección de equipos y que además, es necesaria la figura de la jefatura y su función, solo hemos de recordar poner el foco también en las personas y en la necesidad de dedicarles nuestro tiempo. Lo que la gente se lleva de los trabajos son las personas, no solo a nivel relacional sino también a nivel del buen recuerdo de esa persona con la que se trabajaba tan bien. El trabajo lo dejan ahí, fue lo que hicieron. La experiencia adquirida se pondrá en valor en la siguiente empresa. Así que, para que no se la lleven, hagamos lo posible por entender qué necesita esa persona para seguir en la empresa.

Sigamos al día en nuestras organizaciones. 

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Entramos en conflicto cuando nuestro corazón quiere una cosa, pero nuestro cerebro nos dice otra. También cuando estamos en desacuerdo con otra persona. Hay intereses contrapuestos que nos pueden llevar a una confrontación, emocional, verbal o incluso física, aunque estoy segura de que la principal causa por la que surgen los conflictos es la mala comunicación o la falta de ella, que suele empeorar la situación.

Cuando tenemos un conflicto con una persona, normalmente es por algo sobre lo que tenemos opiniones encontradas, opuestas o antagónicas. Y entonces comenzamos a discutir, que no argumentar, llegando a pasar del hecho en sí y a centrarnos en lo que “tú me has dicho”, “lo que no me has dicho”, tratando de que entiendas que “yo tengo razón” o de que veas las cosas como las veo yo. Quiero que cambies tu postura y aceptes que la mía es la correcta.

El conflicto desde el "yo gano-tú pierdes"

Como mi visión es “la buena”, la mayor parte de las veces no entendemos que el otro pueda tener una versión diferente y mucho menos igual de válida sobre el asunto. Desde mi postura yo solo suelo tener una opinión, me posiciono en una idea concreta de la cuál es difícil sacarme. Si creo que mi opinión es la cierta, ¿por qué voy a querer siquiera plantearme otras opciones?, ¿por qué voy a escucharte si no tienes razón (porque la tengo yo)? Con esta disposición ante el conflicto, voy a afrontarlo desde el “yo gano, tú pierdes” porque solo puedo ganar yo que soy quien tiene la verdad que tú no ves o no entiendes. Si el otro acepta nuestra postura, ha cedido en la suya con lo que ha perdido la discusión. Nos quedamos tranquilos y nos sentimos triunfadores. A veces, hasta con recochineo: ¿ves? ¿ves cómo tenía yo razón? 

Aunque Arthur Schopenhauer nos enseñe en sus libros el arte de tener siempre la razón, cuando es el otro el que tiene siempre la razón, ¿cómo nos quedamos si estamos continuamente sintiendo que perdemos, si estamos cediendo siempre nosotros? Lo más probable es que dejemos de entrar en discusiones, evitemos el conflicto o nuestra autoestima se vea mermada porque no nos valoran o no tienen en cuenta nuestra opinión.

La resolución más eficiente de los conflictos pasa por encima de tener o no razón, porque no se trata de ti o de mí, sino de pasar de un conflicto a un problema objetivo que tiene solución y que juntos podemos encontrarla.

¿Qué se requiere para salir de un conflicto?

  • Querer solucionarlo. No se resuelve solo. Dejarlo pasar funciona en un porcentaje muy pequeño de casos, aunque con el tiempo puede que nos demos cuenta que, aquello a lo que yo di en su día tanta importancia, ahora me parezca una anécdota. Normalmente solemos querer que una situación cambie, que un comportamiento cambie o que se nos comprenda. Para ello, hemos de ponerlo sobre la mesa, hemos de expresarlo. Piensa en qué consecuencias negativas puede tener no afrontarlo.
  • Hay diferentes puntos de vista porque cada persona tiene su propia forma de pensar. Tomar consciencia de que desde mi posición solo veré mi versión del asunto e igual que yo veo solo mi opción, el otro solo verá la suya con la misma sensación de ser una verdad verdadera. 
  • Querer conocer la verdad del otro para comprenderla. Si quiero llegar a un entendimiento, al menos he de escuchar con apertura y flexibilidad mental que haya otras ideas o posiciones diferentes a la mía. Necesito disposición y curiosidad para salir de mi verdad y acercarme a la postura del otro. 
  • Centrarnos en los hechos. El conflicto es subjetivo, lleva una interpretación personal asociado, cargada de suposiciones (creo que el otro lo hace por…, creo que está pensando…, me has hablado mal…, siempre te comportas así…) Hay tantas generalizaciones, resentimientos que se han sumado a los desencuentros pasados que ya de paso ponemos sobre la mesa, expectativas incumplidas que nos frustran o decepcionan... Por lo tanto, hemos de bajar lo sucedido a la realidad lo más que podamos y para ello hemos de centrarnos en los hechos que son obvios para ambas partes, irrefutables por parte de los dos. Si habíamos dejado a un lado el problema de base para enredarnos en nuestra discusión, así podremos recuperar la esencia del conflicto para poder afrontarla. Sin juicios. Solo con hechos.  
  • Dejar de ir contra el otro para ir con el otro a solucionar el problema. Como es un enfrentamiento, solemos estar en frente del otro, lo que nos pone en una posición de boxeadores cada uno en su rincón del ring. Si queremos de verdad salir del conflicto, hemos de dejar de estar en frente y ponernos al lado del otro para así tener una visión conjunta del problema. Os invito a hacerlo también físicamente.
  • El conflicto no es la persona. Puede que lo que haya dicho, lo que haya hecho, lo que piense, sea diferente a lo que yo creo, pero son sus actos, no es la persona en sí el conflicto. Por eso, si queremos mantener una relación futura con esa persona con la que estamos en conflicto, bien porque sea mi pareja, mi compañero de trabajo, mi jefe, mi amigo… entonces, suele ser más inteligente separar el problema de la persona. Aislar el hecho. No es “porque tú me has hecho sentir así”. No. Es “yo siento esto a consecuencia del hecho sucedido”. La persona no es que sea así, sino que se ha comportado de ese modo en ese momento dado y no me ha gustado. Nosotros también tenemos malos días.
  • Esperar el momento adecuado, en el que tengamos la capacidad para argumentar y escuchar. Cuando tenemos una intensidad emocional asociada al tema en cuestión muy elevada no tenemos capacidad de escuchar al otro. Estamos muy embebidos en nuestra emoción, en nuestro enfado, tristeza, miedo que nos impide tener respuestas adecuadas y que nos lleva a ser más reactivos. Desde ese estado es muy difícil llegar al entendimiento mutuo. Por eso, es mejor esperar, dejar que se enfríe un poco. De ahí que se diga que no tomemos decisiones importantes en caliente.
  • Plantearme quién es responsable de la situación. Qué parte de responsabilidad es del otro y qué parte de responsabilidad es mía. ¿Puedo hacer yo algo para cambiar la situación? ¿La he empeorado yo? Puedo haber sido yo quien ha saltado de forma impulsiva, quien ha sido exigente con el otro, quien ha utilizado malas formas al hablar, quien no ha asumido su error, quien ha criticado, quien ha querido imponerse, quien quiere controlar todo, quien está en queja continua, quien no sabe priorizar, quien no tiene claro lo que quiere, quien va a la contra por deporte, quien ralentiza todo un proceso por el perfeccionismo, quien actúa de forma poco comprometida o caótica, quien se deja llevar por los demás perdiendo su propio criterio… 
    • Te invito a que hagas una lista con todos tus comportamientos o actitudes negativas que tienes y trates de analizar qué provoca eso en los demás, e incluso, que pienses por qué lo haces.

Mantén una buena actitud

Dicen que lo que das, recibes, por lo que se cumple el dicho de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Sé educado, mantén una disposición al entendimiento, utiliza la empatía, la humildad y la compasión, no desdeñes las emociones de los demás solo porque no las compartas, utiliza feedback constructivo y, sobre todo, no añadas leña al fuego, sé consciente de tus respuestas para no empeorarlo.

Hablando, desde la serenidad, somos mucho más capaces de resolver juntos cualquier problema que se nos ponga por delante. 

Cuando ya estéis en modo soluciones ambas partes, podréis entrar en la búsqueda de alternativas de solución, en formas de cubrir los intereses mutuos, en negociaciones hasta llegar a las mejores decisiones, que suelen ser las que dejan a los dos con la sensación de ganar-ganar.

¡Mucho ánimo! Ah, recuerda, si tú solo no puedes resolverlo, siempre puedes acudir a un mediador neutral que os ayude a acercar posiciones y que facilite el diálogo.

Aprende a resolver conflictos y no irte a la cama con ellos. Tu paz interior será la clave para saber que el conflicto está resuelto adecuadamente.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Muchas veces vamos comentando todo lo que nos ocurre desde nuestra mente, con nuestras opiniones, pensamientos y relatando hechos, actuaciones como las hayamos interpretado… O vivimos la vida a través de nuestras emociones, según nos sintamos en cada situación. Y el cuerpo, ¿qué pasa con la parte física del ser humano?

Para los preocupados por su imagen el cuerpo será siempre un punto sobre el que poner el foco. No conozco a nadie que le guste su cuerpo tal cuál es y de ahí que muchas veces tratemos de cambiarlo o decidamos no mirarlo ni prestarle atención. ¿Qué es lo que piensas de tu cuerpo? ¿Qué relación tienes con él? ¿Cuánto respeto tienes a tu cuerpo?

Es posible que tengas ideas como que tu cuerpo es un mero mecanismo que te permite vivir tu vida. Tu cuerpo es un tesoro al que proteger. Quizás, has maltratado a tu cuerpo en ocasiones. Porque has pasado de lo que tu cuerpo te pedía hacer por lo que debías o querías. Tu cuerpo es un componente de ti, pero a veces, lo vemos, como disociado de tu mente o de tus emociones. Piensas que el cuerpo te lleva y te trae. Has exigido mucho a tu cuerpo o le has ignorado. ¿Alguna de estas afirmaciones te resuena?

Hay personas que son muy conocedoras de su cuerpo, que quizá como yo, hemos aprendido a prestarle atención, ya sea porque un día nos dio un susto o por necesidad, interés o por nuestro trabajo. 

Aunque no sea tu caso, es cierto que todos poseemos una sabiduría corporal que podemos decidir desarrollar, que nos permite detectar e interpretar señales que nuestro cuerpo nos lanza. Por ejemplo, para que veas que ya posees las bases para profundizar, seguro que sabes reconocer cuando tu cuerpo te dice que tienes hambre, frío o necesitas ir al baño. Y normalmente estos avisos tienen la función de cuidar de ti.  

Además, nuestro cuerpo en su recorrido desde que se formó hasta hoy ha ido incorporando información en todas y cada una de sus células sobre nuestras vivencias, experiencias y sensaciones de todo lo que ocurría a nuestro alrededor.

Estas vivencias vienen impregnadas de nuestra forma de entender el mundo. Es decir, que nuestros valores, nuestras creencias, nuestra cultura, nuestras experiencias, nuestros intereses, objetivos de vida, nuestra interpretación de lo que sucede… van a incidir en lo que se nos quede grabado, que va a ser, por tanto, absolutamente personal e intransferible. Por eso, suelo decir que a cada uno le duele lo suyo o como expone el dicho popular: “cada uno vive la feria como le va en ella”. 

Carl Rogers, investigador y terapeuta, realizó varios estudios sobre lo que llamó la tendencia actualizante, que viene a decir que todos los seres vivos y todas las personas tenemos una tendencia a la supervivencia, al crecimiento y a la autorrealización. 

Así que, podemos decir, que esas señales de nuestro cuerpo nos están haciendo conscientes de que hay algo que hemos de tener en cuenta, que hemos de revisar o abordar para nuestro mejor crecimiento y nuestro desarrollo personal o profesional, para nuestro beneficio. 

Ahora bien, si nuestro cuerpo, siempre va a buscar lo mejor para nosotros, hemos de procurar escucharlo y saber qué nos dice, o más bien, qué nos quiere decir con esas señales que nos va a enviar. ¿Cuál es ese mensaje que hay detrás tan interesante para nosotros? 

5 claves para entender a tu cuerpo

Para saber descifrar lo que nuestro cuerpo nos dice, hemos de comenzar por el principio: Ir entendiendo que nuestro cuerpo es nuestro mejor aliado y familiarizarnos con él.

  1. Conocer para reconocer: Puede que te guste más o menos tu cuerpo, pero sea como sea, es tu cuerpo, eres tú. Lejos de mirar a otro lado, ve descubriéndolo. Mírate, ¿cómo es tu mano?, ¿cuál es el color de tu piel?, ¿qué estructura tienes?, y profundiza, no te quedes solo en lo que se ve, ¿cómo está tu musculatura?, ¿tienes tensiones?, ¿y tus huesos?, ¿qué tal funciona tu tránsito intestinal?, ¿cómo entra el aire en tu cuerpo al respirar?, ¿cómo cambia tu cuerpo al cambiar de postura? Después, puedes comenzar a reconocer sensaciones más sensibles, como hormigueo en los brazos, palpitaciones, un nudo en el estómago… 
  2. Las emociones también nos pueden ayudar a llegar al cuerpo: De la misma forma que cambia nuestra expresión corporal y sobre todo facial cuando sentimos una emoción, si somos capaces de reconocer la emoción, podemos detectar dónde la está representando nuestro cuerpo o cómo la está viviendo. Puedes comenzar por saber la cara que pones cuando estás más enfado o preocupado, después, descubrir que cuando estás triste no tienes fuerzas o que cuando estás muy contento estás agitado. Además, puedes preguntarte dónde sientes la emoción y seguro que te darás cuenta de si es en los hombros, como un peso, o en la garganta o si estás apretando la mandíbula. 
  3. Hazte un escáner de reconocimiento: igual que pasas por el escáner en un aeropuerto, puedes comenzar tu día pasando tu escáner de toma de conciencia por tu cuerpo. Comienza por la cabeza y ve bajando hasta llegar a los pies. Es un reconocimiento de si todo está bien o tienes algo que te molesta. Si lo haces a diario, aprenderás a notar las diferencias con el día anterior. Te recuerdo que ya hay en ti cierta sabiduría, que puedes reconocer cuándo estás cansado que sería más físico, y también cuándo es barullo más mental o revuelto emocional. Aunque no sepas ponerle nombre sí es bueno comenzar por detectar. 
  4. Comienza a relacionar mente, emociones y cuerpo. Una vez que conoces cómo funcionas, podrás empezar a reconocer qué estás pensando. Técnicas como el mindfulness te pueden ayudar. Cuando piensas que “no te da la vida”, tu emoción puede ser de agobio y tu cuerpo puede reaccionar con dificultad respiratoria, te pueden temblar los brazos, etc. 
  5. Descubre técnicas que nos ayudan a encontrar interpretaciones más precisas. Existen diferentes técnicas de autoconocimiento y desarrollo personal que nos facilitan el reconocimiento de las señales y a ajustar o saber desenmascarar lo que todos los mensajes del cuerpo nos están queriendo indicar. Los descubrimientos que tengamos nos van a dar pistas sobre los siguientes pasos a dar, por ejemplo, en una toma de decisiones, sobre cómo actuar ante una relación con otra persona o sobre qué hacer para quedarte más tranquilo. Te dejo algunas de ellas:
    • Relajación para poder parar a escuchar.
    • Focusing.
    • Bioenergética.
    • Gestalt.
    • Kinesiología.

Sea lo que sea que decidas hacer, recuerda siempre que tu cuerpo eres tú. Conocerlo te ayudará a quererte más y quizá, a descubrir toda la sabiduría que tiene guardada para ti. ¡Escúchalo!

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

Ante tanto desánimo generalizado, ante el cansancio y las pérdidas, hemos de recordarnos que seguimos aquí, que podemos más de lo que pensamos o estamos viviendo en estos momentos, que tenemos una gran capacidad de aguante y que quien sobrevive es quien mejor se adapta.

Necesitamos recuperar la ilusión, volver a sonreír y en eso el buen tiempo nos va a ayudar un poco. Por eso, quiero dedicar este artículo a ayudarte a mirar al futuro, a mirar a tu interior y a sacar todo lo bueno que tienes y que aún está por venir.

Comencemos por una pregunta: ¿qué quieres?

Tener trabajo, tener mejores condiciones de trabajo, tener más dinero, poder salir y relacionarte con los demás de una forma más natural, sin miedo. Quieres poder darte una alegría, un regalo, hacer algo extraordinario que te saque una sonrisa o rompa tu rutina. Quieres volver a enamorarte, estar más cerca de tus seres queridos. Quieres estar tranquilo o tranquila, sin tantas preocupaciones.

Una herramienta que te puede ayudar es hacer un collage con recortes de revistas o dibujos, o con fotos que puedas componer si lo haces en el ordenador. Coge ese collage y póntelo en un lugar que puedas ver cada mañana, para recordarte que eso es algo que quieres para tu vida.

Y qué pasa si: ¡lo quiero todo! Si es así, prioriza. ¿Qué es lo más importante en este momento para ti?

Elige y define claramente tu objetivo. Recuerda que si no está bien definido puedes desmotivarte incluso antes de empezar. Así que dedícale un tiempo y asegúrate que cumple nuestra regla SMAERT-e.

Visualízate consiguiendo tu objetivo.

Suéñalo. Escucha y siente lo que supondría conseguirlo. Cómo te ves, cómo te oyes hablar, cómo te comportas, cómo vives al haberlo conseguido. Y respira profundamente varias veces acordándote de esa imagen. Si conoces la técnica de PNL (Programación neurolingüística) para generar anclas, utilízala. Solo tienes que tocar una parte de tu cuerpo (por ejemplo, cogerte la muñeca o la barbilla) con una fuerza determinada, firme y suave a la vez, justo en el momento en el que estés sintiendo la máxima intensidad de tu emoción del logro de lo que te has propuesto. Y de vez en cuando vuelve a tocar ese punto de esa forma en concreto para mantener activo el anclaje y, por tanto, la sensación que ahí te has guardado, para que te la recuerdes y te ayude a continuar hacia el objetivo.

Si has llegado hasta aquí, ya habrás podido reconocer que hay algo por hacer más allá de hoy. Eso es lo mínimo necesario para seguir adelante. Así que ¡felicidades!

Valora tus fortalezas

Ahora, necesitas recordarte todo lo que hay en ti, tus fortalezas, lo aprendido. Para ello, haz una lista con todos tus logros tanto personales como profesionales, por pequeños que creas que son. Desde cuando a pesar de tu miedo afrontaste aquella conversación difícil y obtuviste un resultado mejor incluso de lo esperado, o cuando fuiste capaz de responder por encima de las expectativas, cuando conseguiste aquel trabajo, cuando decidiste pensar un poco más en ti y dedicarte tu propio tiempo, cuando conseguiste ese cliente, terminar aquel proyecto, tener un hijo, superar una pérdida y seguir adelante. Estoy segura que tienes mucho mucho que poner en la lista.

En esa historia de logros, seguro que has recogido aprendizajes importantes. Son como mantras o recursos mentales que te ayudaron y te reconociste a ti mismo/a. Por ejemplo, de aquel encuentro con esa persona a la que temías aprendiste que los demás son personas igual que tú, aunque tengan posiciones o roles diferentes al tuyo. O de aquel proyecto que tantas preocupaciones te dio, aprendiste que, con esfuerzo y tesón, con el apoyo y colaboración de todos, se puede lograr mucho más. En aquella pérdida aprendiste que había mucha gente a tu lado en la que apoyarte y que te querían, que no estabas solo. Piensa en todos esos aprendizajes que has ido adquiriendo en tu vida, que te han ido haciendo crecer y creer que se puede.

Recoge esas herramientas adquiridas y ahora plantéate cómo aplicarlas para el logro del objetivo que te propones ahora. ¿En qué te puede apoyar? ¿Con quién puedes contar? ¿Dónde puedes acudir?

Si solo ves el punto negro, pide ayuda para poder tomar distancia, para que el otro te aporte una nueva perspectiva, permítete mirar hacia otros lados que no sean el punto negro para darte cuenta de que hay más opciones. Habla de ello, desahógate, plantea el problema y escucha las respuestas. Después evalúa si te encajan a ti, porque los demás no son tú, pero sí tienen ideas que quizá en este momento a ti no te salgan de forma natural.

Si es un tema laboral, también se puede hablar. Dejarlo pasar no suele arreglarlo. Cuando sientes que pierdes continuamente, al final acabarás pasando de todo, haciendo peor tu trabajo o entrarás en depresión. Así que, actúa. Habla con quien sea necesario. Pide lo que deseas. El no ya lo tienes, ¿y si consigues algo mejor que un no? No lo sabrás si no lo intentas. Pero para pedir eso que deseas, has de prepararte bien. Con buenos argumentos, con objetividad, poniéndote en valor con resultados y hechos. Recuerda que siempre tenemos otra opción, aunque nos de miedo.

Anímate con frases motivadoras. Elige un mantra y entrena a tu cerebro en ella. Siempre en infinitivo, en presente. Por ejemplo, cada día estoy mejor, cada día estoy más cerca de conseguir lo que deseo, voy a lograrlo, puedo conseguirlo, estoy más ágil, sigo estando en forma…

Elige cada día algo que te haga sonreír. Si te has pasado el día enfadado, agobiado, preocupado, llevas muchas horas de entrenamiento de tu cuerpo y cerebro en esa tónica. Por eso, has de compensar o equilibrar un poco toda esa nube de ruido mental. Elige acciones que te generen bienestar, que te den serenidad, que te hagan reír aunque sea a base de chistes o de ese programa que te gusta de la televisión. Algo que te haga olvidar lo anterior y te lleve a pensamientos y emociones más agradables.

Recuérdate por qué deseas lo que deseas. Puedes movilizarte huyendo del dolor o acercándote al placer. Así que, si lo que deseas te da placer, tenlo en mente para que en cada decisión, en cada acción, en cada comportamiento, avances hacia el logro de tu objetivo.

Si necesitas ayuda para avanzar, si necesitas algún recurso que no tienes, lo más importante es reconocerlo, hacerte consciente y luego, enfocarte en conseguirlo.

Nadie dijo que reilusionarse fuera a ser inmediato. Solo hay que permitirse volver a creer, querer algo que puede darse en el futuro, y las fuerzas, las irás ganando poco a poco. Tú puedes. ¡Mucho ánimo!

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

26 abril, 2021

El estrés es la segunda causa más importante de los problemas de salud y bienestar laboral. En la encuesta 360º Wellbeing Survey 2020, se detectó que el 79% los españoles consideran tener algún grado de estrés, siendo la causa principal la situación financiera, después la salud, y en tercer lugar el trabajo. 

Además, el teletrabajo, está llevando a la mayoría de personas a estar permanentemente trabajando, llevándose el trabajo hasta la cama, trabajando los fines de semana, y muchas horas fuera del horario laboral. Como consecuencia, mayor estrés crónico, desgaste profesional o burnout.

Ante esta situación es muy fácil escuchar: “piensa en positivo”, “descansa más”, cuando la preocupación no te deja ni conciliar el sueño. Por eso, necesitamos entender qué nos lleva a sentirnos estresados y después conocer mecanismos que nos puedan ayudar a sentirnos mejor. 

Cuando consideramos una situación como peligrosa (real o imaginariamente), nuestro cuerpo se pone en alerta para prepararse, comienza a tratar de adaptarse o gestionar la situación, (hasta aquí lo que llamaríamos estrés positivo con buen nivel de cortisol entre otras hormonas en juego) pero si esta situación se prolonga en el tiempo, entramos en sobreesfuerzo, pudiendo llegar a pensar que “no puedo” y a agotarnos física, emocional y mentalmente (estrés negativo con exceso de cortisol). Esto va a llevarnos a comportamientos menos eficientes y más reactivos, en los que podemos cometer más errores y entrar en un bucle de preocupación y desgaste continuo. Desarrollamos lo que se llama el triple sistema de respuesta:

  • Cognitiva: aquí se ponen en juego los pensamientos alarmistas, que maximizan y dramatizan la situación. “Me van a echar”, “no puedo con esto”, “no sé hacerlo”, “así no se hacen las cosas”, “no me valoran”, “es desesperante”, “no me comprenden”…
  • Fisiológica y emocional: ante estos pensamientos siento miedo, ansiedad, no veo futuro, pierdo la sensación de estabilidad, estoy intranquilo, y el cuerpo comienza a activarse con palpitaciones, sudoración, tensión muscular, sequedad bucal, respiración rápida y entrecortada…todo lo necesario para poder huir o luchar. 
  • Conductual: nos movemos por placer o dolor. Por placer yendo hacia eso que nos da placer y por dolor, huyendo de él. Por eso ante la sensación de peligro, hay una tendencia a evitar aquello que nos causa o nos causaría dolor.  

Factores de estrés en el trabajo

En el trabajo, el estrés surge cuando una persona siente que no tiene el conocimiento ni la habilidad para afrontar las exigencias del trabajo, lo que pone a prueba su capacidad para adaptarse a la situación. 

Y podemos no adaptarnos a muchos factores que pueden resultar estresantes en el trabajo, que generalmente se agrupan en: 

  1. Ambiente físico: ruido, mala iluminación, temperatura inestable, falta de ventilación y oxígeno, mal clima laboral...
  2. Contenido de la tarea: sobrecarga de tareas, carga mental, falta de control sobre el trabajo, o excesivo control con incapacidad para delegar, no tener autonomía a la hora de realizar las tareas, no poder tener iniciativa, excesiva responsabilidad o falta de ella... 
  3. Organización de la empresa o entidad: falta de claridad de roles y funciones, problemas de comunicación, burocracia, falta de promoción o planes de desarrollo, no facilitar formación suficiente, cambios mal explicados o forzados o continuos, inestabilidad en el empleo, estilo de dirección, remuneración, tiempos de trabajo excesivos o descompensados…   

Entonces, se trata de cómo cada uno de nosotros se toma las cosas, cómo de capaz se siente para afrontarlas y vivir con ellas o cuánto es capaz de autogestionarse para adaptarse a las circunstancias. Algunos factores nos resultarán más fáciles de llevar y otros nos irán pesando, llegando a tener estrés. 

Recomendaciones para frenar el estrés

Como decía el Principito, “lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella”. Que viene a ser lo mismo que decir, que aquello a lo que das importancia, a lo que pones atención, a lo que estás continuamente dedicando tu tiempo, cuando es negativo para ti, se va a ir haciendo más persistente, más costoso de llevar. 

Por eso, es importante ¡actuar! Si no hacemos nada, la situación nos acabará resultando insostenible. Así que te dejo algunas recomendaciones para frenar ese estado de ansiedad:

  1. Pide ayuda a un profesional. Según el estudio de Cigna, ‘COVID-19 Global Impact’, solo el 15% de las personas que sienten estrés han acudido a profesionales para que les ayuden a superarlo. Y no siempre podemos solos ni tenemos por qué hacerlo. El estrés, por desgracia, es un problema muy común y los psicólogos están más que familiarizados con los mecanismos que mejor nos pueden ayudar.
  2. Toma consciencia de los momentos en los que vives esa sensación de alerta. Como digo muchas veces, no se puede gestionar lo que no se conoce. Así que lo primero es saber qué es exactamente lo que me tiene estresado. Por eso, a modo de ejercicio, te recomiendo que hagas una tabla anotando las situaciones que detectas como riesgos, peligros, amenazas, etc. Después escribe el pensamiento que te escuchas a ti mismo sobre dicha situación. El sentimiento que te genera y su localización en tu cuerpo. Y, por último, qué haces al respecto, cómo actúas. Una vez que lo hagas durante varios días (al menos una semana) podrás analizar qué es eso que te está continuamente teniendo en vilo y comenzar a tomar medidas al respecto. ¿O quieres seguir igual? 
  3. Evalúa la situación. Analiza cuán amenazante es, o si realmente no lo es. Detecta qué requiere de ti esa situación, cuál es la demanda o exigencia de esa situación. ¿Qué habilidades o conocimientos necesitas para abordarla? ¿Los tienes? ¿Qué te hace falta para poder adaptarte a ella? Finalmente elige la respuesta más adecuada, que no siempre es cambiar tú, porque a veces, no puedes ni quieres adaptarte a una situación porque va en contra de tus propios valores y principios como ser humano.
  4. Ayúdate a parar los pensamientos recurrentes. Hasta que puedas tomar una decisión o llevar a cabo la misma, puede que pase un tiempo. En ese tiempo es importante dejar pasar los pensamientos, por ejemplo, con meditación, o ejecutar la técnica de parada de pensamiento en la que has de crear una imagen que sea agradable para ti, para que cuando te venga ese pensamiento negativo hagas una señal o gesto a la vez que dices “basta” o “stop” y entonces traes a tu mente esa imagen agradable para desde una sensación más agradable recordarte unas auto-instrucciones en las que te digas los siguientes pasos a seguir. Por ejemplo, “respiro profundamente 3 veces, pienso en qué es lo que más me apetece hacer en ese momento para cambiar de emoción y lo hago”.
  5. Haz tu plan de acción. Comenzar por auto-instrucciones es el comienzo para después no mantenerte en el sufrimiento sino para que te plantees un plan de acción que te lleve o a adaptarte a la situación o a alejarte de ella. Puedes utilizar la técnica de control de conductas que consiste en:  Autoevaluar la conducta a modificar, plantear el objetivo a conseguir, establecer modificaciones en el ambiente que te faciliten el éxito, evaluar el proceso para que te des cuenta de cómo vas avanzando en él y no te frustres y establecer premios que te generen refuerzo positivo para lograrlo.
  6. Practica habilidades sociales como la asertividad para poner límites, decir no, siempre desde mensajes “yo” pues es tu opinión y cómo lo vives tú. Permítete expresar las emociones tanto positivas como las menos agradables, pide lo que necesites, responde a la crítica con educación, defiende tu opinión, provoca encuentros que te vengan bien, finaliza conversaciones que no te generen bienestar, practica la resiliencia y la tolerancia, sé humilde para pedir disculpas cuando sea necesario… 
  7. Ayúdate con música. Está demostrado que la vibración musical tiene la capacidad de hacernos cambiar nuestra percepción física y emocional. Además, somos capaces de acompasar nuestra mente y latidos del corazón a los ritmos repetitivos. Si eliges bien la música, acorde a tus emociones, puede calmar tu mente. Así que canta incluso a gritos, baila como si nadie te viera. Solo o con alguien más, porque en grupo también se multiplican efectos. Esto te ayuda a generar endorfinas (que nos dan placer) y oxitocina (que nos ayuda en la confianza y el apego).
  8. Haz ejercicio. De la misma forma que cantar y bailar, cualquier ejercicio te va a ayudar a generar hormonas que te permitan sentirte mejor y menos en alerta. Puedes ir andando en lugar de coger el autobús de vuelta del trabajo, puedes ir a correr, estar en contacto con la naturaleza para sacarte a ti mismo del contexto en el que está el foco de estrés.
  9. Separa tu lugar de trabajo de tu ámbito más íntimo y personal. Si te cuesta desconectar y tienes tu mesa de trabajo en tu dormitorio, puede que te resulte difícil separar tu rol de profesional de tu rol de pareja, o puede que te lleves tus problemas contigo al acostarte, porque estás viendo el escenario en el que no te encuentras bien estando en el lugar donde has de sentir el mayor bienestar para poder descansar. 
  10. Permítete parar. Hacer otras tareas con conciencia en ellas, prestando atención, te saca del rumie continuo de pensamientos estresantes. Permítete hablar de otras cosas. Distrae tu mente. Y disfruta de la pausa. Como dice Alberto Bravo, “a veces sentimos más culpa por descansar que por trabajar largas horas”. Descansar nos ayuda a recuperar fuerzas, no es dejar de lado los compromisos ni es hacer nada. Es ser responsable, es cuidar de ti para poder seguir, ayuda a recuperar tu equilibrio y quienes te rodean lo agradecerán.
  11. Cuida tu alimentación. Hay alimentos que son ricos en triptófano, que es el precursor de la serotonina, que nos ayuda a sentirnos más serenos. Por ejemplo, multivitamínicos con vitamina B, omega-3, verduras, carbohidratos integrales, plátano, frutos secos, pescado azul, cereales, lácteos. Vamos, la dieta mediterránea, nos va genial. Además, bebe un buen vaso de agua cuando estés muy alterado, el vaso completo. De esta forma el cerebro se queda diciendo: “si se puede parar a beber tranquilamente un gran vaso de agua seguido, no rápido, será porque no debe haber mucha amenaza inminente” y entonces afloja.

¿Qué otras formas conoces para mejorar la situación que vives y sentirte más tranquilo/a? Recuerda que el humor siempre relaja cualquier situación. Así que busca una forma de reírte cada día, para que no se te olvide cómo se hacía y para que sientas que la vida, a pesar del “peligro”, merece la pena. 

Ahora que tienes un montón de formas para abordar aquello que te genera estrés, ¿qué vas a comenzar a hacer? Si necesitas ayuda, ya sabes que hay un montón de profesionales a tu disposición para ayudarte. ¡Mucho ánimo!

Aprendiendo en el camino del crecimiento. 

Raquel Bonsfills

11 abril, 2021

La situación y el simple avance en las telecomunicaciones, o la deslocalización del trabajo, hace que cada vez más la selección de personas se realice vía telemática, con entrevistas virtuales o videoconferencias.

Entrevistas de trabajo telemáticas

Ya os hemos hablado en anteriores artículos de cómo prepararse para una entrevista, prepararte, conocer el puesto, la empresa, llegar con tiempo, etc. Muchas de estas cuestiones son muy relevantes en las entrevistas telemáticas, pero aquí vamos a abordar algunos temas a tener en cuenta en las entrevistas virtuales, a diferencia de las entrevistas presenciales.

Cuestiones a tener en cuenta en las entrevistas telemáticas

  • Preguntar cómo será el procedimiento a seguir para la entrevista virtual. Cuando te llamen para la entrevista, si no te lo dicen directamente, pregunta cuál será la herramienta a utilizar durante la entrevista: Skype, Facetime, Zoom, Teams… Asegúrate de preguntar si serán ellos quienes te envíen una convocatoria para la entrevista o qué necesitan para localizarte, un usuario, un correo electrónico, etc. Anota la fecha y hora en tu agenda, prepara y familiarízate con la herramienta que te hayan indicado para la entrevista. 
  • Cuida tu imagen incluyendo la parte que no se va a ver en la pantalla. La mayoría de las personas se preocupan solo en la parte que se supone que se va a ver, es decir, se ponen una camisa o una chaqueta, se peinan, se maquillan… igual que si fueran a ir a una entrevista presencial y descuidan los pantalones, pudiendo ir en pijama incluso. Sin embargo, no será la primera vez que en medio de la entrevista llaman a la puerta, o se desconecta algo y hay que levantarse. Entonces, se te verá todo lo que no hayas previsto que se podía ver, dejando una no tan buena imagen. 
  • Busca un lugar en el que puedas estar tranquilo. Normalmente las entrevistas son concertadas con antelación, por lo tanto, no hay excusa de que te pille en la calle, que haya obras en la vivienda de al lado, que aparezca tu madre, tu hijo o tu pareja pasando por detrás tras salir de la ducha. Los ruidos o las interrupciones harán que se distorsione la comunicación dificultando tu atención y la del entrevistador de lo importante. 
  • Avisa a los demás de que es un tiempo de privacidad. Si no te queda otro remedio que estar en casa con otras personas, ínstales a estar en silencio, a dejarte un tiempo para ti, y que les avisarás en cuanto se acabe la misma para que puedan seguir con su actividad normal. Y si espontáneamente se te colara alguien en la entrevista, tu reacción también va a ser evaluada por tu entrevistador. Así que lo mejor es tomártelo con humor, pedir disculpas y contestar de buenas formas a quien te interrumpió que le atenderás después. 
  • Comprueba anticipadamente que tienes buena conexión a internet. Las entrevistas virtuales, así como cualquier videoconferencia, son muy susceptibles a la calidad de la conexión. Por eso, asegúrate que estás en un lugar con una receptividad adecuada de red para evitar posibles caídas de la llamada. Y si pasase cualquier incidente con la conexión, sé consciente que el entrevistador lo anotará como tu forma de resolver conflictos. Así que, responde de forma tranquila y diligente.
  • Prueba el vídeo y el audio. Lo habitual cuando se hace una entrevista virtual es que se ponga la cámara. Se suele desconfiar cuando el candidato no puede o da excusas para ponerla, ya sea porque no tiene o porque no le funciona. De nuevo, como lo sabes con tiempo, busca las alternativas para poder tener un ordenador con una cámara que funcione. Y también asegúrate que se escucha bien el audio. Puedes probar llamando a un amigo para asegurarte que se te oye bien. En muchos ordenadores se escucha mucho mejor si te pones auriculares. Conéctate antes para poder tener todo a punto. Ah! y recuerda tener el ordenador enchufado a la red, ¡no vayas a quedarte sin batería!
  • La luz de la habitación. Es recomendable que tengas una luz frontal, para que se te vea adecuadamente, que no estés a contraluz (de espaldas a una ventana) y si tienes la luz a un lado, asegúrate que no te deja muy en sombra la cara. Si eso sucediera, pon una lámpara de mesa detrás del ordenador para que te proporcione una luz más frontal.   
  • El fondo habla de ti. El orden que tengas en la habitación o sala en la que te encuentres, va a dar pistas al entrevistador sobre cómo eres, qué te gusta o lo cuidadoso que has sido para atender la entrevista. Imagínate que eres forofo de un equipo de fútbol, y detrás de ti están posters, bufandas, etc. de ese equipo. Puede que al entrevistador le guste ese equipo y eso genere lo que se conoce como efecto halo positivo, que por eso ya te mire con buenos ojos; sin embargo, si el entrevistador fuese seguidor del equipo rival, se generará el efecto contrario, el halo negativo, y superarlo te va a costar un poquito más. Evita utilizar fondos virtuales o poner el fondo borroso con el programa, da una sensación de ocultación y falta de sinceridad que no te va a beneficiar. 
  • Tu expresión no verbal también cuenta. Expresiones faciales, tono de voz y mirada son esenciales. Sonríe. Aunque creas que como solo se te ve la cara no hace falta que muevas las manos para hablar, recuerda que todo tu cuerpo habla de ti y transmite tu energía. Si estás paralizado, lo que hables sonará menos entusiasta y apasionado que si mueves el cuerpo acorde al mensaje que estás emitiendo. Por eso, si puedes separar un poco la pantalla de ti para que se te vea un poco más de torso, será mucho mejor para expresar con coherencia los mensajes que vas a hacer llegar a tu entrevistador. 
  • Las emociones traspasan la pantalla. Es posible que te hayas dado cuenta de que cuando escuchamos a alguien cantar en la televisión a veces como que te llega, incluso se te pone el vello de punta, y otras veces es como que se te queda distante o fría la música. En las entrevistas personales a través de la pantalla pasa igual. La energía que proyectamos, nuestra forma de ser, nuestra alegría o los nervios a través de la pantalla también pueden llegar o no. Hay un obstáculo entre los dos y solo siendo nosotros mismos, en coherencia, podremos parecer auténticos y confiables. Por eso, si algo te apasiona, que se note. Expresa tu alegría, tu interés, remárcalo, pero no hace falta exagerar. Si algo te genera dudas, es mejor decirlo o pedir explicaciones que quedarse con una mala cara en la pantalla del ordenador. Conseguir el efecto de cercanía puede ser clave para la decisión final. 
  • Mira a la cámara, no a la pantalla. Si estás mirando a la pantalla en la que te estás viendo a ti puedes despistarte al entrar en pensamientos sobre cómo te ves a ti mismo, si te despeinaste o que tienes el cuello torcido. Cuando te miras a ti, el otro no notará el contacto visual y será más difícil conectar. Por eso, mira a la cámara para llegar mejor con tu comunicación a tu entrevistador.
  • Mejor sin mascarilla porque bajará nuestro tono de voz y dificulta la comunicación. Solo si estás en un lugar público haciendo la entrevista la deberías llevar, pero lo normal es que, al buscar ese espacio tranquilo, ya no necesites tenerla puesta. Además, el entrevistador podrá verte y conocerte mejor. 
  • Espera unos segundos entre la pregunta y la respuesta. A veces las conexiones a través de videollamada generan cierto retardo en la comunicación, por lo que deja un leve tiempo entre las intervenciones de uno y otro a lo largo de la entrevista.
  • Otra posibilidad que te ofrece la entrevista virtual es la de tener un cuaderno al lado en el que poder anotar lo que te ofrecen o las posibles preguntas que quieras hacer al entrevistador. 

Con todo lo que te he compartido, ¿qué cosas vas a tener en cuenta para preparar tu próxima entrevista virtual? Recuerda que podemos ayudarte y entrenarte para mejorar tus entrevistas, CV, tu comunicación…

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

 

Puedes hacer mil cursos, leer cuarenta libros, pero si no pones en práctica nada, nunca mejorará tu motivación, ni tu bienestar.

Cada año hacemos formaciones en empresas y muchas de ellas piensan de verdad en qué pueden hacer por sus equipos, qué necesitan y qué los puede preparar para el futuro, que les permita aprender alguna clave o alguna técnica nueva para que funcionen mejor como equipo o individualmente, mejorando su productividad y resultados.

Los que nos dedicamos a capacitar a las personas, sabemos que una formación no siempre va a ser suficiente. Sobre todo, cuando hemos de conseguir desarrollar una habilidad.

Muchas veces, salvo que sea una cuestión técnica, práctica, por implementación de un nuevo sistema o procedimiento, los jefes de equipo no hacen ningún tipo de seguimiento sobre todo lo aprendido durante la formación. Y luego, puede que lo queramos evaluar en su desempeño.

Hoy en día, las tendencias indican la necesidad de recuperar las habilidades blandas, también de formar en habilidades para afrontar las nuevas necesidades tecnológicas del puesto (upskilling) y en competencias que permitan a la persona reubicarse en otro puesto o área de la empresa (reskilling).

Capacitar en habilidades y competencias no se consigue dando una píldora formativa. Se consigue dando a la persona vitaminas para que su competencia crezca, se nutra, se desarrolle fuerte y se note en su capacitación y acción. Lo que lleva tiempo.

Por eso, más que nunca, necesitamos planes de formación a largo plazo, acompañamiento en el desarrollo de los profesionales que dedican su tiempo en nuestras empresas para poder mantenernos en el tiempo con la mejor empleabilidad posible.

Esto va a repercutir en una mayor satisfacción de los colaboradores porque se sienten:

  • Atendidos en sus necesidades reales de formación, las que de verdad van a requerir.
  • Acompañados y no dejados a su suerte tras un día de formación. Hay continuidad en el tiempo.
  • Apoyados por los responsables directos, que harán parte de ese seguimiento de sus capacidades. Y apoyados por la empresa que pone los medios a su alcance para poder desarrollarse dentro de la misma.
  • Reconocidos por los avances logrados.
  • Recompensados por el esfuerzo y el tiempo dedicado a su mejora continua.
  • Empoderados por todo lo aprendido e interiorizado.
  • Etc.

Por eso, como líderes, responsables de equipos, personal de RRHH, gestores de la formación, todos hemos de plantearnos una serie de aspectos de cara a ofrecer formación a nuestros equipos:

  • Para qué quiero formar a las personas. Sí, parece obvio. Sin embargo, este objetivo suele quedar diluido porque no llegamos a consolidarlo con los cómo lo voy a lograr. Sobre todo, si el para qué es el desarrollo de una habilidad, y no solo la adquisición de un conocimiento.
  • Qué forma será más efectiva. A veces la formación es la elegida, otras veces es mejor buscar un mentor, o hacer coaching.
  • Plantear cómo a largo plazo, seguimiento adecuado para valorar el aprendizaje, el desarrollo de la habilidad o de la competencia. Si la elección fue coaching o mentoring, va implícito en el proceso, pero si se hace mediante formación, hemos de valorar también ese seguimiento.
  • Quién evalúa el desarrollo. De nuevo, si hay un mentor o coach, puede ser él quien evalúe el proceso y la capacitación de la persona. Si es una formación la vía elegida, puede pedirse al proveedor de la formación que haga dicho seguimiento o puede ser el responsable directo quien tenga la formación necesaria sobre cómo hacer dicha evaluación. Si no sabe qué hay que conseguir, en qué se tiene que fijar, qué aspectos han de ser visibles, qué indicadores son importantes reconocer, … difícilmente se hará una buena evaluación. Hemos de evitar la subjetividad. También el propio evaluado tendrá que evaluarse y ser capaz de reconocer sus avances.
  • Reconocimiento y/o recompensa. Todo esfuerzo ha de ser valorado para aumentar el compromiso y la motivación. Necesitamos darnos cuenta de que se van alcanzando objetivos, que la meta está cada vez más cerca. Cada paso tendrá su premio, que no tiene por qué ser económico. Esto es importantísimo a nivel de nuestro cerebro, para mantenernos enfocados e ilusionados con el cambio y que, de verdad, se llegue a dar para no perdernos por el camino.

¿Cuántas veces pides a tu equipo que te cuente cuál es su plan de acción tras volver de una formación para llevar a la práctica lo aprendido? ¿O es que le mandaste a la formación para pasar el rato? Como no queremos tirar el dinero de la organización y vamos a querer siempre ofrecer formaciones que sean beneficiosas para el bienestar de los colaboradores y para la mejora del rendimiento de los mismos, hemos de bajar a la práctica y acompañar en la implementación de los aprendizajes y del conocimiento adquirido en las formaciones.

¿Qué vas a comenzar a hacer? ¿Cuántas formaciones necesitas para desarrollar la habilidad que estás aprendiendo? ¿En cuánto tiempo se adquiere esa habilidad? Es mejor leer un libro y extraer el aprendizaje para el día a día que leer veinte libros y que se quede en la cabeza.

Mucho ánimo. Estamos en continua evolución y aprendizaje, así que esto es solo el apoyo que necesitas para que se note todo lo que sabes.

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills

¿Te has visto en una situación delicada física, emocional o mentalmente, sintiendo el riesgo de no poder más, de estar al límite? ¿Te has forzado probando cosas por sentirte más fuerte, más poderoso, más capaz o por la propia adrenalina? ¿Has llegado a hacer por los demás algo que sabías que podía no acabar bien o que no era saludable, por no fallarles y que te dejaran de apreciar?

Ayer fue el Día Internacional de la Mujer, día en el que la mujer sigue expresando al mundo que es capaz de hacer mucho más. Día en el que se desea que se ponga en valor a cada mujer por ser quien es, por sus competencias, por sus cualidades y por sus fortalezas.

Sin embargo, aunque siga habiendo muchos aspectos en los que parece que tengamos que demostrar las capacidades de las mujeres, creo que nadie pone en duda otras muchas cuestiones, como que está en nuestro ADN la capacidad de hacer equipo, de organizar, de preservar, de cuidar, de dar sostenibilidad a la humanidad… lo tengamos más o menos desarrollado.

Al final, no es una cuestión de hombres o mujeres, es una cuestión de ser felices. No es una cuestión de poder o no trabajar, ni de en qué, es de ponernos a ello creyendo en nosotros mismos, trabajando nuestra autoestima para poder ser líderes de nuestra propia vida.

En estos días he tenido algún susto con la moto y he sabido de otras personas que el susto ha sido grave o incluso, han fallecido. Estamos perdiendo a muchos seres queridos, es decir, la vida igual que nace, perece. No podemos desperdiciarla, jugándonosla sin criterio, o peor aún, por gustar a los demás, por no poner límites o no tenernos en cuenta a nosotros mismos.

Claves para vivir con coherencia

  • Mírate en el espejo. Eres tú. Tal cual. Seguro que empiezas a sacarte defectos, porque nunca nos terminamos de gustar del todo. Requiere de mucha aceptación de nosotros mismos. Sí, nací con la piel clara, o sí, soy bajita, o sí, tengo el pelo revuelto. Es solo un ejercicio de reconocimiento, sin juicio.
  • Escucha a tu cuerpo. Si te empieza un tic en el ojo, es porque tu cuerpo te está dando una señal de que has de parar, puede ser síntoma de estrés o cansancio. Si te duele el estómago puede que sea de los nervios. Si te duele la cabeza, quizá la estás dando demasiada caña y has de pararla. Y si algo te dice que “es por ahí”, como una certeza que no puedes explicar, también es el cuerpo quien te va a avisar.
  • ¿Qué te hace sentir bienestar? Haz una lista de las cosas que te sientan bien. Estar con amigos, salir de caminata, ir al cine, leer, una ducha sin prisa, ayudar a los demás, resolver problemas, programar, coordinar, redactar, simplificar, limpiar. Empieza a reconocer los momentos en los que te sientes bien contigo, en los que estás haciendo algo que te gusta, puede ser con temas de trabajo o en cualquier ámbito. Hazte consciente de cada cosa de tu día con lo que te has sentido bien, desde comer hasta hacer ese informe en el que has plasmado todo tu conocimiento.
  • Antes de actuar, para un segundo. ¿Te vas a dejar llevar sin más por la situación? ¿Lo que la vida te pone delante va o no va contigo? ¿Qué ventajas o beneficios tiene para ti en este momento? ¿Qué ganas y qué pierdes? ¿Cómo afecta a los demás? Es un momento para reflexionar.
  • Define qué es importante para poder elegir. Plantéate un: "¿y yo qué quiero?" Y déjate sentir cómo estarás si aceptas hacer o no hacer algo. Que tomes tus propias decisiones puede generar malestares en los demás, pero como no te puedes olvidar de ti, por lo menos, ponte en la ecuación y evalúa hasta qué punto quieres o simplemente estás dispuesto a asumir las consecuencias o lo que supondrá. No tiene que ser un siempre no, ni un siempre sí. La realidad cambia, las circunstancias cambian y podemos elegir en cada momento. Nadie decide por ti, eres tú quien acepta o no la decisión del otro.
  • Alinéalo con tus objetivos y metas personales o profesionales. Aquí hemos de tener claridad con el ¿para qué lo hago? También te puede ayudar el pensar en ¿desde dónde estoy tomando esta decisión? Desde mi inseguridad, desde mis necesidades insatisfechas, desde mi deseo, desde mi ego… Si no es desde tus valores, desde tu serenidad y desde tu esencia o identidad, si no es congruente con lo que piensas, quieres y sientes, vuelve al punto anterior, quizá haya que tomar otra decisión. 
  • Lo que decidas, hazlo a conciencia. Asegúrate, por lo menos, que te quedas tranquilo con la decisión tomada, aunque no sea la que más te hubiera gustado a ti y hayas optado por el bien común. Esto es importante para no entrar en reproches ni contigo, ni con los demás, para no tener que aguantarte en tu propio rumie de pensamientos, de culpas y justificaciones.   
  • Juégate la vida por lo que quieres. Es difícil a veces ir contracorriente, es duro escuchar palabras desalentadoras cuando tú tienes dudas, aunque algo dentro de ti te dice que sigas adelante. Es fácil caer en conformismo, en autosabotaje o autojustificación en lugar de luchar por lo que verdaderamente quieres. Ahora bien, si no lo haces, ¿para cuándo lo vas a dejar?, ¿te vas a perder la oportunidad? Confía en ti. Pon todo de tu parte, todo lo que esté en tu mano. Y si al final, no sale, es porque no tenía que salir, pero nunca te reprocharás no haberlo intentado hasta el final.

coherente contigo, pon pasión en lo que hagas, cree en ti, descúbrete en tu mejor faceta, permítete decir sí, o decir no, con la misma facilidad. Haz de cada día la mejor jugada de tu vida.

¿Por dónde vas a comenzar?

Aprendiendo en el camino del crecimiento.

Raquel Bonsfills